| El engaño de las encuestas on-line |
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AUDIO: ANTONIO MANGIONE La Nación publicó el martes 12 de octubre una nota en la que destacaba la desorientación de los jóvenes argentinos a la hora de ingresar en la universidad. Según el artículo, el 43,7% por ciento “no tiene idea” qué estudiar. Y el 41% “no se decide”. Con lo cual, apenas un 15% tiene en claro qué carrera seguir. El dato, presentado como una prueba de la indecisión de la juventud, surge de una encuesta “en línea” realizada por el sitio QueVasaEstudiar.com. Los encuestados fueron los visitantes de la página, que respondieron voluntariamente. La primera duda que surge, entonces, es sobre la fiabilidad de los datos: probablemente, los jóvenes que visitan dicha página sean, precisamente, los más indecisos. Las encuestas on-line, muy frecuentes en los medios electrónicos, son una manera barata y rápida de recoger opiniones, pero no tienen la rigurosidad de los sondeos científicos. No siempre formulan las preguntas según los principios de neutralidad y no siguen las reglas básicas de representatividad. Eso no sería reprochable si fuesen presentadas simplemente como lo que son: herramientas interactivas que permiten la participación de los lectores con el sitio, y los resultados como la opinión de los lectores que se tomaron el trabajo de responder. El problema es cuando se las presenta como representativas de la opinión pública, algo muy frecuente en los medios de comunicación. Para que una encuesta de opinión tenga valor debe ser preparada y administrada siguiendo ciertas reglas. Una de ellas es la representatividad. Al elegir un grupo de personas para responder las preguntas, ellas deben conformar una muestra representativa de la sociedad. Sin embargo, en la Argentina sólo el 65% de los habitantes tiene acceso a Internet. Entonces, por empezar, sólo por su método de aplicación, las encuestas en línea descalifican la opinión de más de un tercio de la población. Otra de las reglas clave es que las preguntas sean lo más neutras posibles. Los encuestadores saben que la manera en que está formulada una pregunta puede cambiar la respuesta. Las encuestas en línea no tienden a ser muy cuidadosas con esto. Por ejemplo, la encuesta de La Nación del día 13 de septiembre invitaba a sus lectores a responder a la pregunta: ¿Qué impacto cree que tendrá en la imagen de Kirchner la nueva intervención [coronaria]? La pregunta asume de entrada que la intervención coronaria tendrá un impacto. Otras veces las preguntas son poco claras, o introducen otros elementos que no tienen relación directa con la pregunta. Como el sitio de Clarín.com, el 8 de abril pasado: “¿Cree que está disminuyendo la pobreza como dice el INDEC?”. No queda claro si la pregunta es sobre la reducción de la pobreza o la credibilidad del INDEC. Las encuestas electrónicas tienen otra falla importante: son autoadministradas. Es decir que los participantes se eligen a sí mismos al decidir contestarla. La Asociación de Encuestadores de Opinión Pública de EE.UU. (AAPOR, por sus siglas en inglés) critica explícitamente la práctica de hacer encuestas con voluntarios, personas que llaman a un número, escriben o participan de manera interactiva: “Estas ‘encuestas’ recogen sólo la opinión de los que llamaron y no la del público en general. AAPOR cree que cualquier promoción o forma de publicidad que se le dé a tales relevamientos no sólo perjudica a las encuestas legítimas, sino que puede, además, ser engañosa cuando es usada para influir en políticas públicas o simplemente brindar información al público en general”. En general para asegurar la representatividad de una muestra se seleccionan a los participantes siguiendo el método aleatorio. Es decir que se seleccionan los respondentes al azar, bajo ciertas reglas. Por ejemplo, se toca el timbre en el quinto edificio de cada cuadra, partiendo desde la esquina. Lo ideal es que cada persona tenga la misma posibilidad de ser seleccionada para la muestra. El método, tal como es usado en la mayoría de los casos, no permite tampoco recoger datos sobre edad, sexo, posición social u otras variables necesarias para determinar cuan representativa es la muestra. Sólo sabemos que un lector, con acceso a Internet, que decidió participar, opina tal cosa. Tener datos sobre la persona permite después ponderar los resultados. La presentación de estas encuestas plantea también problemas. Mostrarlas como representativas, o sacar conclusiones basadas en sus datos, es tramposo. Clarín publica todos los días en su versión en papel, al lado de las notas editoriales, la encuesta del día. La Nación publica también a veces en la versión en papel, las encuestas que hace en su sitio, para complementar sus notas. Los resultados aparecen bajo el título: “Qué opina la gente”. Es un engaño presentar encuestas hechas en línea sin el mínimo rigor, como una fuente válida para conocer la opinión pública o la amplitud de un fenómeno social. Es el caso de la encuesta de QueVasaEstudiar.com, a la que sólo contestaron personas que visitaron la página y decidieron participar. Como se dijo, los que respondieron son probablemente indecisos que entraron al sitio, justamente, porque no saben qué estudiar. Sacar conclusiones sobre la desorientación de la juventud argentina a partir de eso, y presentarlas como un dato fiable, da una imagen falsa de la realidad. Fuente: Chequeado.com Website Design Brisbane
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