A Minsk, con dudosa legalidad

Bielorrusia es un país extraño y distante. Incluso más que Rusia. O mejor, lo que era Rusia antes de organizar la Copa del Mundo de Fútbol, evento que cambió por completo la imagen de los occidentales sobre este país.

Las informaciones que pueden encontrarse sobre Bielorrusia no son nada alentadoras: está gobernada por un dictador, Aleksander Lukashenko, desde 1994; es decir, desde que se disolvió la Unión Soviética y se convirtió en un país independiente.

Este dictador, dicen centenares de artículos en la web, reivindica la etapa soviética y gobierna con puño de hierro. Además, no parece ser un gran iluminado: muchos aseguran que emite tantos decretos que cambian tantas leyes que hasta la Policía a veces no sabe qué conductas son sancionables.

Algunas leyes sobre temas migratorios, por ejemplo, son bastante confusas. La mayoría de los ciudadanos del mundo necesitan un visado especial para ingresar. El trámite se hace en las embajadas de Bielorrusia en cualquier parte del mundo, cuesta varios dólares (nunca está del todo claro el monto tampoco) y es obligatorio contratar un seguro médico con una cobertura no menor a los 10.000 dólares. Ahora salió una visa turística gratuita para una estancia de 5 días en el país. Pero sólo se puede acceder a ella en el aeropuerto de Minsk, la capital.

 

Paisajes de Minsk.

 

Los argentinos, sin embargo, no necesitamos ninguna de esas visas. Solo tenemos que llegar, sellar el pasaporte y listo. Aunque esto se produce solo cuando se viaja en avión desde algún país extranjero que no sea Rusia.
Sucede que los viajes entre los dos países se consideran “internos”: los rusos

tienen tránsito libre en Bielorrusia y los bielorrusos lo mismo en Rusia, por lo que no hay control de fronteras entre ellos. Pero los extranjeros no. Para ingresar, por cualquier medio de transporte (tren, auto, colectivo o avión) hay que tener el visado y hacer el trámite en la aduana.

Pero ¿qué pasa si el visitante viaja de Rusia a Bielorrusia? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Como se trata de tránsito interno, los agentes de la Policía Bielorrusa, los operadores de los medios de transporte, y hasta personal de la embajada Bielorrusa en la Argentina no tienen muy claro el tema.

Entonces, en las boleterías de la estación de autobuses no quieren vender los pasajes a ciudadanos sin pasaporte ruso, pero en las de trenes sí, y no hay ningún problema.

 

Salida del tren desde San Petersburgo.

Cuando un extranjero llega a Rusia, si no necesita visa, tiene que completar un formulario de dos hojas, como una registración. Ese particular papelito (una de las hojas queda en la aduana del aeropuerto, la otra se la lleva el pasajero) tiene dos veces la inscripción Federación Rusa / República de Bielorrusia, junto a las palabras “Arrive” y “Departure”. Lo que podría dar la idea que el turista está habilitado para recorrer, sin más trámite, los dos países. Pero no es así.

Al menos los turistas europeos – que sí o sí deben tener el visado – no pueden pasar de un país al otro como si nada. Tienen que registrar su ingreso. Pero los que no necesitan visa no tienen demasiado conocimiento de la forma de proceder. Los encargados de controlar el asunto tampoco.

Después de estar 49 días en Rusia (en las ciudades de Moscú, Samara, Kazán, Nizhny Novgorod y San Petersburgo) decidí emprender el recorrido, lo más pausado posible, hacia Madrid, desde dónde voy a partir de regreso hacia Argentina.

 

Estación de trenes de San Petersburgo.

Cuando quise comprar el pasaje en colectivos el no tener pasaporte ruso me lo impidió, no así la adquisición de un boleto en tren. Antes de subir al tren pregunté si alguien me iba a sellar la salida de Rusia, pero nadie supo decirme. La embajada Bielorrusa en Argentina se limitó a responder que “en las fronteras hay gente que sellará su pasaporte” cuando consulté por el ingreso al país por tierra.

En el tren, mi compañero de asiento – que hablaba inglés mucho peor de lo que él creía – me dio una mano y le preguntó al oficial Bielorruso encargado del vagón en el que viajábamos si yo iba a tener algún inconveniente en la llegada. La respuesta fue en una mezcla de ruso y bielorruso que sonó algo así como “no tengo idea”, o más bien “que se arregle”.

Lo cierto es que al llegar a la estación de trenes de Minsk no hay policías esperando a los que llegan, ni siquiera controles, ni mucho menos detectores de metales. Hay oficinas de información pero, o no las atiende nadie o los que atienden hablan ruso y bielorruso, casi nada de inglés.

De todas maneras, favorecido por la falta de controles me fui a recorrer un poco la ciudad. Se trata de un sitio un tanto extraño, su idioma es parecido al ruso pero escrito no tanto, las personas parecen ser más tranquilas que en Moscú (donde siempre parecen estar apuradas), y no da la sensación de estar bajo un régimen muy estricto de controles, policías y leyes muy absurdas. Pero es solo una primera impresión.

 

Por Facundo Insegna.