Cómo vive la sociedad este momento de la pandemia

Record de casos, filas para testearse en medio de un calor sofocante, contactos estrechos, contactos estrechos de contactos estrechos, personas que retoman ciertos cuidados, en paralelo jóvenes amontonados en las playas. El tema omnipresente en la conversación cotidiana y en las redes. Un escenario que incluye una variante menos letal y cierta tranquilidad por la vacunación, pero a la vez una incertidumbre total respecto del futuro. ¿Cómo está viviendo la sociedad argentina este combo? Opinan especialistas de la Ciencias Sociales: los psicoanalistas Diana Kordon y Yago Franco, el sociólogo Daniel Feierstein y el doctor en Historia Javier Balsa.

Desconcierto e incertidumbre

Kordon, Franco y Feierstein, cada uno en sus palabras, llaman la atención sobre un punto: no hay ninguna medida de cuidado, en este momento, que rija a nivel colectivo. No hay organizador de la vida social. “Veo cierto estado de desconcierto. No se volvieron a poner aforos en restaurantes, bares, playas. Hay en algunas personas un incremento de medidas individuales de cuidado, pero también hay una alteración de la vida social, acompañada por el alivio que produce la vacunación”, describe Franco. Persiste un “mecanismo renegatorio que es natural en el humano, acompañado de otro, sociológico, el negacionismo, que abarca al poder estatal y a los medios masivos”. “Incertidumbre” es otro concepto que pinta el momento. Se experimenta ante “el estallido de contagios, la necesidad de testearse, el temor”.

“Hay una especie de seudo cronificación de la pandemia. Está instalada, prácticamente actúa como un organizador psicosocial de las relaciones, y de categorías básicas de la organización psíquica inclusive, como el adentro y el afuera”, postula Kordon. También habla de desconcierto e incertidumbre. Suma: agotamiento por lo transitado en los últimos dos años –especialmente por cómo se percibe el tiempo– y angustia. “El factor incertidumbre sigue presente, pero también aparece la certeza de que vivimos en tiempos de pandemia, y es un factor de angustia generalizado. El fantasma de la muerte está menos presente. Pero hay vivencias de mucha extrañeza en los vínculos, como un desconcierto. A veces no sabemos a qué atenernos. Si te encontrás con gente sentís que estás trasgrediendo; si no te encontrás, que sos el único que no sale. No hay pautas claras que indiquen conductas concretas que actúen como organizadoras de nuestra vida”, amplía la psiquiatra.

¿La vuelta de los cuidados?

Javier Balsa, doctor en Historia, plantea que en estos tiempos es predominante en la población la tendencia a cuidarse. Tiene números para afirmarlo. El investigador del Conicet dirige un proyecto que estudia las representaciones sociales en el marco de la pandemia, encarado por la red ENCREesPA (de 18 universidades nacionales y otras instituciones). La última encuesta que hizo el grupo data de finales de octubre. “Cuando parecía que la pandemia se iba, igual la gente decía que no estaba pasando, que no iban a bajar los casos. La mitad planteaba que la eliminación de las restricciones había sido apresurada. Vuelve a pasar lo mismo. Hay una mayoría que se sigue cuidando mucho, una minoría que siempre estuvo en contra de los cuidados, que es de un 15, 20 por ciento. Y hay otro 15 ó 20 con una actitud más oscilante”, dice.

Kordon coincide con esta idea. Para ella, los desbordes en las playas y otro tipo de reuniones multitudinarias tienen que ver con una ilusión: “recuperar el tiempo perdido”, un trámite que no sólo es imposible sino que además “niega la continuidad de la pandemia”. “Lo perdido lo tenemos que metabolizar. En primer lugar, son muchísimas vidas. También, modos de vivir”, advierte.

En aquella encuesta de ENCREsPA 70 por ciento de los consultados decía que seguía usando el barbijo en la calle, algo que Balsa nota también ahora, al menos en los centros urbanos. “La visión que construyen los medios tiende a engañarnos. Es cierto: 20 por ciento de la población no quiere cuidarse. Son 6 millones de adultos. Esa minoría intensa cree que es mayoría y eso además se construye mediáticamente. Veo que la gente ha vuelto a cuidarse mucho”, asegura el investigador del Conicet.

La diferencia está en que ahora “nos tenemos que cuidar individualmente porque todo sigue funcionando como si no estuviera pasando lo que está pasando”, sugiere Franco. Un signo de esto son los autotests que podrán comprarse en las farmacias. El temor colectivo se vuelve privado.

La derrota del principio precautorio

Feierstein es menos optimista que Balsa y Kordon. Para el autor del libro Pandemia, el elemento más preocupante de esta etapa es común a todo Occidente: la derrota del principio precautorio. Este concepto remite a “las medidas necesarias que se deben tomar para impedir el peor escenario en una situación de alta incertidumbre, aún si dicho escenario es apenas posible”. El sociólogo pone el foco en las decisiones oficiales y en cómo repercuten en el clima social. “Hay una decisión de que la pandemia terminó y de que el nivel de muerte observado por la Covid no justifica en modo alguno ninguna medida que afecte el confort de los sectores acomodados”, resume.

“La situación compleja que nos aparece es que tenemos dos escenarios y no sabemos cuál se va a desarrollar. Es de alta incertidumbre”, advierte. Una posibilidad es “que Ómicron sea la última variante o que las que sigan sean de su tipo y tengamos efectivamente el fin de la pandemia, una situación endémica, para la cual no hace falta ninguna medida especialmente importante más allá de tener al día los planes de vacunación”. La otra es “que esto siga mutando en una dirección en la que aumente tanto la evasión de la inmunidad como el nivel de letalidad, con una mutación muy distinta a Ómicron, y que dada la decisión de dejar de lado el principio precautorio esto genere un impacto todavía mucho mayor en las sociedades occidentales”.

“No aparece en ninguno de los países que han dejado circular el virus –dos terceras partes de la humanidad– ninguna voluntad de establecer ningún sistema de cuidados del tipo que fuere: rastreo de casos, control de ingresos, ni que hablar de cuarentena. Esto aparece como preocupante sobre todo mirando a mediano y largo plazo, no pensando solamente en la covid. El aprendizaje que nos llevamos en gran parte del mundo occidental es que un nivel de muerte de alrededor del 1 ó 2 por mil anual de la población no justifica detener el flujo económico y la vida como la conocemos”, analiza. Don’t look up le parece una película “simplista y estereotípica”, pero con un mensaje potente. “El paradigma occidental es ‘no hay más principio precautorio’ y ‘cuando llegue el problema algo vamos a inventar'”, tal como ocurre en el film.

Los test

“La derrota del principio precautorio irradia a lo personal. Si sos contacto estrecho lo lógico sería que tuvieras un cuidado precautorio más allá de la confirmación, pero se busca una ratificación de un test que legitima, y esto produce una situación paradójica, en esas colas, en una situación de tremenda propagación, en las que uno se expone a la posibilidad de contagiarse si es que no lo estuviera”, analiza el sociólogo. Considera que el test puede funcionar como “autorización” para no respetar cuidados o para verse con los afectos. También, claro, para no trabajar. “Sería lógico poder justificar el aislamiento sin ninguna constatación, pero se vuelve inviable sin ella el aislamiento de cinco, siete días, en relación a los requerimientos laborales”, dice. Registra en esas filas un “intento de recuperar al costo que sea la normalidad”. Casi de manera “maníaca”. “Efecto contagio, reacción histérica, no querer quedarse afuera”, define, por su parte, Franco.

Kordon tiene una mirada distinta. Las filas son, para ella, una respuesta a “la vivencia de riesgo, de peligro, de que algo acecha y no se puede vivir tranquilo”. “En un momento había una ilusión, pero de golpe estamos con una multiplicación de contagios tremenda. La vivencia de peligro que nos acecha hace que se busque reaseguro en el testeo. La contagiosidad no se siente como si te agarrara una gripe cualquiera: la vivencia es que puede pasar algo serio. Así como está el negacionismo, están quienes viven trágicamente la situación. La gente va a testearse para aliviarse”, reflexiona. Se genera una “ilusión de controlar la situación”, “un equivalente menor del ataque de pánico”. “Los miedos están siempre presentes en nosotros. El testeo aparece como elemento de garantía, y es una necesidad colectiva”, desliza.

Analiza otras dos cuestiones: las agresiones al personal de salud y el fenómeno de sugestión que se activa en torno a la enfermedad. Respecto de las primeras, plantea: “Para aliviar la angustia muchas veces se proyecta la responsabilidad de una situación en otros y el sentimiento pasa a ser de enojo con ese otro. Obviamente resulta totalmente injusta esa agresión, precisamente con aquellos que están haciendo enormes esfuerzos para colaborar en la lucha contra la pandemia”.  Sobre la sugestión, comenta: “Apenas alguien tiene o tuvo contacto con alguien que tiene Covid dice ‘me agarró una carraspera’, ‘me agarró rinitis’.  Funciona como los celos: cuando alguien los siente quiere sacarle al otro información de lo que no quería que pasara. No tiene salida. La sugestión se produce porque hay un repliegue sobre uno mismo, narcisista, con una mirada sobre el cuerpo que no es la habitual. Es tan angustiante la situación que no hay respuesta que tranquilice finalmente. A veces ni siquiera tranquiliza el resultado del hisopado”.

La privatización del cuidado

Franco, autor del libro Transfiguraciones, psicoanálisis de la pandemia, a punto de ser distribuido, recuerda que hace muy poco se hablaba de pospandemia. “El sujeto humano no quiere saber de algo que amenace su vida, tanto biológica como social. Lamentablemente, en nuestro caso, salvo en el inicio de la pandemia, las medidas han sido confusas, como los mensajes. Hasta hace poquito se hablaba de que estábamos en pospandemia… eso no pasó nunca. Y no se nos preparó para esto. El mecanismo individual ha sido acompañado de discursos oficiales confusos y contradictorios, como los de los medios, que han dejado a las personas teniendo que cuidarse por sí mismas”, analiza.

Como los autotests, que el Estado dé recomendaciones es otro signo de esta época. No hay normas. “Una norma que no tiene condiciones para ser cumplida es peor que la inexistencia de esa norma. Es difícil pensar, después del escándalo de la foto de Olivos, medidas que no sean recomendaciones. Quedó muy dañada la autoridad gubernamental”, explica Feierstein. “La derrota del principio precautorio generó que cualquier actitud de cuidado sea vista como exagerada, incluso puede no tener las condiciones mínimas para ser ejecutada, como pasa con los tests y los trabajos. Quedarán núcleos de cuidado, pero más reducidos a decisiones personales”, completa.

Conclusiones

Un colectivo es “un grupo enorme de personas organizadas alrededor de un discurso que da sentido a la vida, como fue el del Presidente en su momento”, define Franco. Ahora lo que se ve es una “masa”, desorganizada, sin “discurso unificador”. “Estamos en el reverso de lo que fue el inicio de la pandemia. No hay conducción. Cada uno se las tiene que arreglar por sí mismo”, concluye el psicoanalista.

“Hace falta una política sanitaria en la que haya el menor nivel de contradicción posible y mayor claridad. Eso ayudaría a aliviar la angustia por el desconcierto, la sensación de estar en falta hagas lo que hagas. Es muy importante que haya mensajes que actúen como organizadores psicosociales, porque si tenés que decidir todo personalmente aparece un sentimiento de soledad”, añade Kordon. “Aunque ahora el peso de la responsabilidad sobre el cuidado aparezca más apoyado en lo individual, como en todas las situaciones traumáticas de origen social la respuesta colectiva, el sentirnos parte de un conjunto –que en última instancia implican el ejercicio de la solidaridad y la verdadera libertad– son fundamentales para seguir enfrentando la pandemia y mantener el lazo social. Todo esto en una compleja situación económica que requiere de firmeza en las medidas del Gobierno a favor de las grandes mayorías.”

Para Feierstein es necesario hacer “un balance de todo lo vivido, en profundidad”. “En el balance natural, entre comillas, que hicimos, sin reflexión, quedó instalado que el cuidado fue exagerado e inútil. Aparecen el cansancio, el hastío, la imposibilidad de sostener ningún otro cuidado o encierro. El modo en que se desarrolló toda la política hacia la Covid, particularmente en muchos estados de América latina, implicó la contradicción de un sufrimiento producto de las medidas y al mismo tiempo un nivel de muerte muy significativo. No hay cómo justificar el sufrimiento, porque no se acompañó de haber logrado salvar un número importante de vidas”, sintetiza.

Similar es lo que dice Balsa, aunque él no habla de balance, sino de “debate colectivo”. “Se generalizó, tanto en la oposición como en el Gobierno, una sensación de que la pandemia estaba pasando. No hicimos un balance de lo que habíamos hecho bien o mal, y eso nos dejó mal parados. Habría que aprovechar esta coyuntura para generar espacios de debate en medios no hegemónicos, universidades, la dirigencia social y política, para discutir qué hicimos bien y qué mal, qué podemos hacer frente a esta situación y la posible llegada de nuevas variantes”, concluye el investigador. Fuente: Página 12