DESENCUENTRO: Pasado el mes del asesinato de Matías Auderut

 

En las imágenes que se conocieron de la agresión homicida contra Matías Auderut hay primeras conclusiones ineludibles para quien las mire: Matías está solo y se lo ve, tal vez desorientado. Como buscando explicación, alza sus manos que no le sirven para detener los golpes repetidos. Está solo e indefenso, Matías no se pone en guardia, no lanza sus puños y tira patadas. Cae sobre el pavimento en donde lo muelen a puntazos de patadas con odio; logra levantarse, se apoya en alguien y se endereza. Los agresores son varios, todos jóvenes, fuertes y están sorprendentemente conscientes de lo que están haciendo. Arremeten contra un pibe que no se defiende, que no puede hacerlo y que apenas logra mantenerse en pie. No son menos de cinco los agresores y una platea que observa impávida como la pandilla arremete contra el pibe indefenso. Y también están, claro, los que filman. A ellos se les debe la prueba del asesinato y la primera fila de la indiferencia.

 

Mi hijo mayor termina su carrera universitaria en Córdoba y cada fin de semana largo, en todas sus vacaciones no demora en juntarse con el Panki, quien es hermano de Matías, renovando un gran cariño de amigos que se tienen desde siempre. La noche en la que mataron a Matías, tengo que pensarlo, una esquina doblada en otro rumbo no lo puso a mi hijo Emiliano ahí, en ese pavimento maldito, en ese antro de bestias intentando defender al hermano de su amigo.  Y si bien Matías esa noche aparece en el video solo e indefenso, siempre fue un pibe de amigos. Pudo haber estado con cualquiera de esos amigos que no necesitan justificación para defender, para bancar la que salte y luego decidir si lo provocó o lo provocaron. Y está claro que fue Matías tanto como hubiera podido ser cualquier otro pibe, nuestros pibes, que salen a la noche brava de San Luis. El local, la esquina, todo el entorno tienen su historia… Un conocido estilo de violencia y abuso que intensifican cada fin de semana. Los pibes ahí toman cerveza a la buena de dios, librados a una ruleta rusa cargada con desprecio a la vida ajena y corrupción estatal.

 

El dolor de los padres de Matías, el dolor de sus hermanos y de quienes lo querían es además de innecesario, injusto. Matías era un pibe bárbaro, no tenían derecho ni justificación alguna para hacer lo que hicieron. Los funcionarios públicos que tiene responsabilidad sobre la noche  pudieran pensar que si criaron hijos con buena ley, si les enseñaron a ser valientes y decididos, tal vez, esa noche en la que mataron a Matías, alguno de ellos pudiera haber querido intervenir, defender, salvar o lo que sea y así, de la misma forma irracional en la que mataron a Matías habrían corrido esa suerte. Cualquiera de nosotros puede llorar sin consuelo, asesinados sin esperanzas, cargando la muerte de alguno de nuestros hijos. Ya fue demasiado el tiempo durante el cual los padres de jóvenes nos dormimos los fines de semana, en cada salida de los chicos, esperando no escuchar sonar el teléfono en la madrugada con la mala noticia traída desde la impunidad con la que estos bares hacen negocio, promoviendo violencia contra los pibes.

 

De las noticias del caso judicial se sabe que un don nadie, asesino material, está preso, que el bar sigue como si nada y que el interés periodístico baja a paso firme engullido por el día a día informativo. Abrimos camino al olvido, dejamos tranco despejado a la corrupción y a la impunidad, agregando, como comentario único que “…espero que no nos pase nunca…”. El tiempo que pasa sin controles ni sanciones aumenta la corrupción, la impunidad y las sospechas de que son parte de un negocio que está matando chicos. Matías fue víctima también del descontrol en el que se desenvuelve este negocio. Son también responsables de su muerte los que debían evitar que los matones y los señores de la noche puntana sigan reinando, agregando lucro propio y violencia en la Ciudad.

 

Queriendo entender agrego los nombre de mis hijos sobre el de Matías , un buen pibe al que en una mala noche, en esa esquina criminal, la corrupción, la impunidad, el sin sentido y la irracionalidad se lo llevaron para siempre. El desdén y la displicencia no pueden seguir siendo Ley y propósito de estos lugares. No debiéramos necesitar más jóvenes asesinados para cambiar el orden siniestro que impera en la noche puntana.

Eduardo Olivares, especial para SanLuis24

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