El Acuerdo de París y el Cambio Climático: urgencias para un mundo en llamas

Si bien el grado de consenso sobre cualquier eje central que atraviesa al sistema internacional nunca es exhaustivo, difícilmente puedan existir dudas (al menos serias, no de las que abundan en la política electoral) al respecto de que el  cambio climático constituye la emergencia global por excelencia. 

Es en buena medida por esto que su tratamiento y eventual resolución exige una respuesta conjunta y coordinada en el pleno del orden internacional con el objetivo de lograr redireccionar a los países hacia una economía estructurada con menores emisiones de carbono.

Con este marco de referencia, en buena medida similar al planteado desde Kioto allá por 1997 y en Copenhague sobre 2009, es que la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC)  adoptó el 12 de diciembre del año 2015 el Acuerdo de París, eje normativo que desde sus 29 artículos se propone reducir de forma sustancial las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y limitar el aumento global de la temperatura en este siglo a 2° Celsius.

Entrando en regla de manera oficial el 4 de noviembre de 2016 con lo que fuera la firma por parte de 195 naciones, continuaron por integrarse nuevos países a medida que fueron completando sus procesos nacionales de aprobación y siendo 189 los que a la fecha lo han ratificado. 

Ahora bien, con las diferencias de adopciones, ratificaciones o (en el mejor de los casos) aplicaciones, veamos cuáles son los principales puntos del Acuerdo y cómo se plantea la urgencia de transformar las ideas en acciones. 

¿Qué dice el Acuerdo de París?

Como se plantea desde las Naciones Unidas, el Acuerdo incorpora los compromisos de todos los países de reducir sus emisiones y colaborar para adaptarse a los efectos del cambio climático, así como los llamamientos a los Estados para que fortalezcan sus compromisos a lo largo del tiempo. 

Se ofrece una vía para que las naciones desarrolladas ayuden a las naciones en desarrollo en su labor de mitigación del cambio climático y adaptación a este, al tiempo que crean un marco para el seguimiento y la presentación de informes transparentes de los objetivos climáticos de los países estableciendo dos procesos de examen, cada uno de ellos en un ciclo de cinco años.

Con este antecedente es que el artículo 2° marca entonces los centros nodales a tener en cuenta: 

  • Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático;
  • Aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático y promover la resiliencia al clima y un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero, de un modo que no comprometa la producción de alimentos; y
  • Situar los flujos financieros en un nivel compatible con una trayectoria que conduzca a un desarrollo resiliente al clima y con bajas emisiones de gases de efecto invernadero. 

Con los países desarrollados y en desarrollo como variables algo acotadas en su contenido es que se resalta que los tres objetivos se aplicarán de modo que refleje la equidad y el principio de las responsabilidades comunes pero diferenciadas y las capacidades respectivas, a la luz de las diferentes circunstancias nacionales.

¿Qué muestra el Acuerdo de París?

Primero, el hecho de que la dicotomía entre naciones desarrolladas y en desarrollo no se corresponde con la realidad.

Los países se encuentran en varias formas de desarrollo pero de ninguna manera una categoría puede tener, por caso, a la Argentina y China (mayor emisor de todo el planeta) como pares en sus responsabilidades y obligaciones. 

Más concretamente, no existe una forma creíble de abordar el cambio climático que no implique una participación sustancial de todos los países con altas emisiones del mundo, incluidos China, Brasil y otras naciones en ascenso.

Estado próximos a su primer revisión, la pregunta a realizarse es sobre el impacto de la pandemia en este proceso y si en efecto, contribuyó o no a los objetivos hasta ahora planteados. 

¿Dónde estamos parados?

La desaceleración industrial debido a la pandemia de Covid-19 no frenó los niveles récord de gases de efecto invernadero que están atrapando el calor en la atmósfera, aumentando las temperaturas y provocando un clima más extremo, el derretimiento del hielo, el aumento del nivel del mar y la acidificación de los océanos, según informó en las últimas horas la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

“El dióxido de carbono permanece en la atmósfera durante siglos y en el océano durante más tiempo. La última vez que la Tierra experimentó una concentración comparable de CO2  fue hace 5 millones de años, cuando la temperatura era 2 – 3°C más cálida y el nivel del mar era 10-20 metros más alto que ahora. Pero no había 7.700 millones de habitantes ”, comentó al respecto el Secretario General de la OMM, Petteri Taalas. 

Por su parte, el Proyecto Carbón Global estimó que durante el período más intenso de cierre, las emisiones diarias de CO2 pueden haberse reducido hasta en un 17% a nivel mundial debido al confinamiento de la población. Dado que la duración y la gravedad de las medidas de confinamiento siguen sin estar claras, la predicción de la reducción anual total de emisiones durante 2020 es muy incierta. 

No obstante, todo apunta a que la distancia entre lo prometido y lo que se está haciendo solo crecerá. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) calcula en su informe anual de “brecha de emisiones” que, solo en la década de 2020, la diferencia entre lo que los países se han comprometido y lo que es necesario para limitar el calentamiento a 2 grados es de 13 a 15 mil millones de toneladas de dióxido de carbono.

El caso de los EE.UU.

En uno de los primeros espasmos tuiteros que Donald Trump transformó en realidad, Estados Unidos anunció la salida del Acuerdo de París teniendo lugar la retirada el 4 de noviembre de 2020, un día después de las elecciones presidenciales que finalmente dieron a Joe Biden como Presidente electo. 

Así como Clinton firmara el Protocolo de Kioto y Bush (hijo) se encargara de no ratificarlo, esta tradición norteamericana de interrupciones entre un demócrata y su sucesor republicano, tuvo su reedición entre Obama y Trump para el caso que estamos viendo. 

Bajo una elección cooptada por el actual mandatario nortemericano y sus formas, la vacancia en los “costos” políticos o electorales que representan las políticas ambientales quedó expuesto con gran notoriedad.

Como apunta David Roberts, los costos de las políticas climáticas ambiciosas se soportan en el presente pero, en el mejor de los casos, se podrán ver en el futuro.

“Dañan” distritos electorales específicos y se pueden rastrear hasta políticos individuales con nombre y apellido. Por el contrario, los beneficios climáticos de esas políticas son difusos y abarcan décadas y continentes.

En situaciones como estas, hay un fuerte incentivo para aprovechar, hacer la contribución mínima y depender de otros para tomar el relevo. 

En ello, armonizar los intereses de 192 países y asegurar su consentimiento unánime para los objetivos de reducción de emisiones exigibles legalmente es un rompecabezas que va más allá de la capacidad de resolver de los simples mortales. 

El reloj de arena

Como apunta Noah Sachs en su estudio “El Acuerdo de París en 2020: ¿descompostura o ruptura?”, el tratado actualmente se encuentra en grave peligro de ingreesar en un espiral descendente, en buena medida por lo que puede ofrecer: transparencia y persuasión moral, dos commodities bastante devaluados por estos tiempos. 

La transparencia descansa en que la garantía de que el progreso de cada Nación se verifique y se haga público. Si se hace bien, esto puede garantizar que todos tengan claro quién ha asumido qué compromisos, así como aquellos que se cumplen y los que no.

La persuasión moral por su parte está en el ayudar a los países más pobres, llevar las emisiones a cero neto para mediados de siglo y limitar el aumento de la temperatura por debajo de 2° C.

Ahora bien, hasta acá llegan los acuerdos y quedan los países. Ningún tratado de la ONU, vinculante o no, puede obligarlos a hacer lo contrario. Los controles siempre han estado y seguirán estando presentes pero ante todo sujetos a las vicisitudes de la política nacional. 

Lo que puede hacer la arquitectura de París es racionalizar un proceso que ya está en marcha y, en los márgenes, acelerarlo. Puede aclarar las aspiraciones compartidas, enviar señales claras del mercado y documentar el progreso continuo, fomentando un ciclo de retroalimentación positiva.

Lo que no puede hacer es imponer ni diseñar una transición energética global. Es un reflejo de la política nacional más que un motor. La arquitectura se fortalecerá cuando los países se sientan cómodos y confiados en el camino hacia la descarbonización.

Que eso suceda depende de fuerzas y decisiones mucho más grandes que la ONU.

Fuente:Filo.news

× ¿Te ayudamos?