El “club de amigos de Messi” lo hizo de nuevo

El gol, decía alguna vez Alejandro Dolina, es algo que se grita como no se grita ninguna otra cosa en el mundo. No hay circunstancia alguna, en ningún ámbito, que se exprese de esa manera, con un grito monosilábico y sostenido a lo largo de varios segundos. No existe circunstancia en la vida que se anuncie así.

El gol, describía Juan José Sebreli, es como un orgasmo (también hubo un estudio científico que lo ratificó, tiempo después). Por eso se celebra así. Claro que no todos los goles se gritan iguales, porque no todos los orgasmos son iguales.

El gol se grita con furia, con alegría, como descargándose, sacándose toda la bronca de adentro, quedándose sin voz. Si el gol es la diferencia entre volverse de un mundial o clasificar a la siguiente ronda, el grito estremece el alma.

Argentina transitaba a duras penas la primera ronda de la Copa del Mundo Rusia 2018. El inicio no fue el esperado (empate en 1 con Islandia) y la segunda presentación alcanzó el borde del abismo (derrota 3-1 con Croacia).

Los hinchas argentinos que viajaron a Rusia son más de 30 mil, muchos más. Las ilusiones iniciales se transformaron en tristeza y resignación al ver jugar al equipo. Pero nunca dejaron de apoyar a una Selección que transitaba sus peores días: a la falta de respuestas futbolísticas, se agregaban conflictos internos (reales o inventados).

Como los cambios no daban resultados, el “Club de Amigos de Messi” volvió a ponerse en funcionamiento: entraban casi todos los “viejos” para dar la cara en el difícil momento. Respondieron.

A diferencia de los partidos anteriores, el equipo que dirige Jorge Sampaoli (aunque algunos periodistas insisten en que lo dirige Mascherano) tuvo una actitud diferente: salió a buscar lastimar al rival y peleó cada pelota con el máximo esfuerzo.

Quizá le faltó aptitud en el segundo tiempo, después del empate nigeriano. Pero en la primera etapa fue un equipo para ilusionarse: por la seguridad del arquero Armani (aunque no tuvo que tapar pelotas muy difíciles), la garra de Ottamendi y Rojo y las proyecciones de Mercado y Tagliafico; la furia de Mascherano para pelear todas y ser rueda de auxilio permanente (aun cuando falló en varios pases); la buena actuación de Enzo Pérez; la elegancia de Banega para darle un pase magistral a Messi en el primer gol y repartir juego en la mitad de la cancha; los desbordes de Di María; y la presencia siempre peligrosa del 9, Gonzalo Higuaín.

Y Messi. El que todos esperábamos. El que está “deprimido-divorciado-con problemas de papeles-amenazado por Israel”, según buena parte de la prensa. Volvió a ser el salvador que buscábamos, como cuando nos jugamos la clasificación a este mundial en Ecuador.

Primero para bajarla con el muslo izquierdo de manera tal que le quedara acomodada para definir; después para sacar un derechazo cruzado que dejó sin chances al arquero. Pero también porque siempre la pidió, porque siempre encaró, porque fue el líder que necesitaba Argentina. Hasta tuvo un tiro libre que dio en el palo izquierdo del arquero.

El segundo tiempo comenzó mal: un penalcito de Mascherano que el árbitro (acaso actor de reparto cuya única misión era poner suspenso) decidió cobrar penal. Pidió ayuda al VAR y el video corroboró que hubo un pequeño agarrón que bien podría haber dejado pasar por alto.

El empate volvió a sumir a Argentina en el bloqueo mental que tuvo contra Islandia y Croacia. Aunque esta vez la actitud lo sacó adelante. La selección no podía ante una Nigeria que demostraba no tener mucho potencial pero que con el empate le alcanzaba para clasificar y lo aguantaba.

Y entonces, como en esas películas en las que el actor principal necesita un partener que lo empuje a completar su misión (Sam en el Señor de los Anillos, Hermione o Ron en Harry Potter, Sarah Connor en Terminator), apareció Marcos Rojo dónde no tenía por qué estar, para que el protagonista pueda avanzar en la historia. Un héroe inesperado para impulsar a Messi en su camino para llevar a Argentina a lo más alto.

Una incursión ofensiva un tanto irresponsable (todavía quedaban unos minutos de partido y dejaba desnuda a la defensa ante un eventual contraataque) lo posicionó en el centro del área para empalmar con el empeine un centro de Mercado que desató la locura. Un gol orgásmico como pocos.

En San Petersburgo (donde se jugó el partido), en Moscú, en Argentina, en el mundo tuvo lugar esa expresión increíble. Esa corta palabra que significa tanto. Esas tres letras que te dan un ratito de felicidad o uno de tristeza.

Después vendrán otros goles, otros partidos, otras clasificaciones, otras frustraciones. Momentos de gloria y de fracaso. Pero gritar un gol así, después de todo lo que pasó desde el inicio del mundial, bien vale un viaje a Rusia.

 

 

Por Facundo Insegna.