El Mundial en el que todos los partidos son el mismo

El árbitro pita y comienza el partido. El equipo fuerte – el poderoso, el de los jugadores que valen millones de dólares, el que ya tiene algunas copas como la que fue a buscar a Rusia en sus vitrinas – agarra la pelota. La mueve, para un lado y para otro, busca opciones por los laterales, centraliza luego, vuelve abrir, intenta quebrar la resistencia adversaria, no puede. El balón termina en las manos del arquero (o en los pies, a veces también la tiran afuera).

El equipo débil – que se sabe débil – aguanta lo que puede, todos sus jugadores detrás de mitad de cancha, más para romper que para construir, apuestan a que un pelotazo alcance a uno de los suyos y que este se ilumine y haga un gol salvador. Logre o no ese objetivo, seguirá jugando así.

La escena se repite durante 90 minutos o más (siempre se adicionan entre 5 y 7 minutos entre los dos tiempos). Esos 90 minutos y muchos otros 90 minutos. Le pasó – y le seguirá pasando – a Alemania, a Brasil, a España y a Argentina.

Todos los partidos igual, con la sola diferencia del resultado. Por eso el fútbol es imprevisible: no siempre gana el que tiene que ganar, como suele suceder con frecuencia en otros deportes.

Algunos de los equipos fuertes (Alemania, España y Brasil) tienen más recursos, jugadores que se revelan, jugadas preparadas, alguien que hace algo extraordinario. Otros (Argentina) van con voluntad, carentes de ideas claras.

En este Mundial, Alemania jugó dos veces el mismo partido: tuvo posibilidades de ganar y de perder los dos. Cayó en el primero, triunfó en el segundo. México aguantó las embestidas y creó situaciones para golear. Sólo ganó uno a cero. Pero si ganaban los teutones nadie podría haber hablado de injusticia. Suecia hizo lo mismo y casi saca a los germanos de la Copa. Hasta que apareció Tony Kroos con un tiro libre brillante para darle sentido a aquella frase de Gary Lineker: “El fútbol es un deporte en el que juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania”.

España estuvo en una situación similar. Portugal no tenía muchas ganas de atacar, menos cuando se puso arriba por un penal tempranero, o cuando volvió a hacerlo por un regalo del arquero español. Los ibéricos debieron remarla mucho para rescatar un empate. Irán tampoco se la dejó muy fácil: recién pudieron desnivelar el resultado en el segundo tiempo.

Brasil tuvo suerte dispar también: Suiza lo aguantó bien y se llevó un empate; Costa Rica se sostuvo en las manos de su arquero Navas hasta el minuto 91, cuando los cariocas rompieron el muro y se impusieron 2 a 0.

 

Argentina, en cambio, jugó un solo partido así y se complicó solo: Islandia no parece un equipo muy férreo pero controló bien el ataque rioplatense y aprovechó las bondades de la defensa para, incluso, marcar un gol. Con Croacia la historia fue diferente: no se metió tan atrás, creó juego y pisoteó a un equipo sin ánimo.

Pero ¿Qué pasa cuando el débil tiene que ser el fuerte? Ahí la cosa se complica. Islandia fue elogiado por su planteo contra Argentina pero debió tomar las riendas contra Nigeria. Para esperanza de los argentinos cayó dos a cero y confirmó que no es gran cosa, aunque cuando se amontonaron atrás hicieron sufrir a Messi y compañía.

Los fuertes, a veces no tan fuertes, a veces flaquean, a veces son Goliat derrotados por una simple pedrada de un campesino David. Solo tienen más posibilidades cuando no caen en la desesperación, cuando no se obnubilan, cuando están convencidos que su idea los acerca a la victoria.

Así fue lo de Alemania. Contra México no pudo, pero era más grave su estado contra Suecia (se quedaba afuera del Mundial). Paciente siguió insistiendo con sus armas. Lateralizó el juego, brindó opciones en el área, hasta que una falta y la magia de Kroos le devolvió el alma.
No pasó lo mismo con Argentina que, bloqueada, buscó con pelotazos, con fuerza, hasta con violencia, pero sin ideas. Y está en la situación que está.

Marcelo Bielsa solía decir que “tiene más nobleza el que arriesga que aquel que especula, aunque el que especule obtenga mejores resultados”. Bielsa, que dirigió a la Argentina en este mismo partido pero hace 16 años (en Corea-Japón 2002) y se quedó afuera en primera ronda.

Aquel encuentro, todos lo recordamos con tristeza, Argentina se cansó de atacar a Suecia, cuyos jugadores se ubicaban cada vez más atrás. No pudo quebrarlo: solo lo empató con un gol viciado por todas las trampas posibles (penal que no fue, gol en posición adelantada). Tenía que ganar pero sucumbió ante el muro defensivo de los rubios.

Suecia intentó ahora con Alemania lo mismo que con Argentina hace 16 años. Estuvo a 15 segundos de conseguirlo. No pudo, esta vez la pelota sí entró (y cómo) en su arco y ahora ellos pueden volverse pronto a casa.

Este domingo se jugó el partido N°32 de este campeonato. Ya estamos en la mitad. Este partido se volverá a jugar mientras exista una Alemania, una España, una Brasil que se saben superiores y una México, una Islandia y una Suecia que se crean menos.

Argentina, mientras tanto, seguirá siendo una incógnita: ¿Está en el grupo de los fuertes o la sola presencia de Messi la mantiene ahí? En el Mundial de Brasil de hace 4 años defendía mucho más (y mejor) que sus pretensiones ofensivas. En esta Copa solo sabemos que defiende mal y ataca peor.

Por ahora, sólo resta esperar que clasifique. La identidad de juego no la va a encontrar en un partido.

 

 

Por Facundo Insegna