Hitler no fue el (único) culpable

La manera de recordar los episodios que llevaron a la Segunda Guerra Mundial en Berlín es bastante particular. No hay nada que recuerde el poderío del que presumía Adolf Hitler en sus tiempos. Y eso tiene varias explicaciones.

Los alemanes asumen la responsabilidad que les cabe del daño que perpetraron desde la década de 1930 hasta 1945. La matanza, tortura, persecución y todas las aberraciones imaginables contra judíos, sobre todo, pero también contra homosexuales, gitanos, opositores ideológicos y demás.

 

El Parlamento de Berlín.

 

Alemania no resalta la figura de Hitler como el “gran demonio” que fue capaz de hacer todo eso, sino que solo lo señala, claro, como la cabeza de un partido (el Nacional Socialista) que llegó al poder con la voluntad popular. Y la voluntad popular tampoco hizo nada por evitar que el tirano llevara adelante su macabro plan.

 

En suma, los alemanes consideran que todos los que estaban en uso de sus facultades mentales en aquella época tienen algún grado de responsabilidad, mayor o menor, en la tragedia que protagonizó – e impulsó – su país. Por eso, la figura de Hitler no aparece por ninguna parte en Berlín.

 

En la capital germana, el dictador tenía un búnker, en el que se suicidó junto a su esposa Eva Braun y en el que llevaba adelante toda la estrategia de la guerra que terminó por derribarlo. Hoy el lugar fue totalmente tapado y encima hay un estacionamiento. Es la forma que tiene el país de no recargar la culpa a una sola persona, el ideólogo de todo, sino hacerse cargo como país.

 

Postales de Berlín.

 

Son numerosos los recuerdos que aún guarda Berlín de los años de guerra. Sin ir más lejos, la Puerta de Brandeburgo, uno de los antiguos accesos a la ciudad, conserva las marcas de los proyectiles que le impactaron cuando la Unión Soviética hizo capitular al ejército nazi.

 

Por esa puerta, el sitio histórico más importante de la ciudad, desfilaron desde los emperadores que regresaban de alguna invasión en tierras lejanas, pasando por Napoleón, que hizo lo propio en Prusia, hasta el mismísimo Hitler, cuando el voto popular lo consagró para conducir los destinos del país, mediante de un partido que hasta pocos años antes era menos que minúsculo.

 

A pocos metros de la Puerta, que está coronada con la diosa de la Victoria en dirección al centro de la ciudad, se encuentra un monumento asombroso para recordar a los judíos que murieron en manos de los nazis. Se trata de una plaza gigante con construcciones rectangulares que emulan tumbas en diferentes niveles. El diseñador se inspiró en el cementerio judío de Praga (República Checa), en el que la falta de espacio motiva el amontonamiento de placas y los cuerpos son enterrados en diferentes profundidades, uno arriba del otro. Al momento de terminarlo dijo que no iba a explicar la razón de su diseño, que cada uno que lo visitara tenía que sacar sus conclusiones.

 

Con ese homenaje también hubo polémica: para evitar actos de vandalismo, las tumbas fueron “barnizadas” con un producto químico especial que permite borrar cualquier inscripción que se le pueda hacer del estilo grafiti. La empresa que proveyó ese producto, cuyo monto superaba los 27 millones de euros para toda la plaza, era la misma que proveyó al gobierno nazi del gas que se utilizó en las cámaras de exterminio de los campos de concentración.

 

Es decir, hicieron negocio con la matanza de judíos, hicieron negocio con el homenaje a esos mismos muertos. El debate alcanzó tal grado de tensión, que la empresa decidió “donar” el producto y asumir su cuota de responsabilidad por haber colaborado para sembrar el terror.

 

El muro de Berlín.

 

Pese a que en el último tiempo surgieron algunos partidos de ultraderecha que pretenden volver a instalar aquel discurso xenófobo – y algunos son acompañados por muchos votantes -, la sociedad alemana da una lección: “Todos fuimos responsables, porque apoyamos a los nazis o porque nos quedamos callados; y nuestro silencio (por comodidad o por miedo) también permitió todo aquello”, retratan los guías.

 

Por Facundo Insegna.

 

Hitler no fue el (único) culpable

La manera de recordar los episodios que llevaron a la Segunda Guerra Mundial en Berlín es bastante particular. No hay nada que recuerde el poderío del que presumía Adolf Hitler en sus tiempos. Y eso tiene varias explicaciones.

Los alemanes asumen la responsabilidad que les cabe del daño que perpetraron desde la década de 1930 hasta 1945. La matanza, tortura, persecución y todas las aberraciones imaginables contra judíos, sobre todo, pero también contra homosexuales, gitanos, opositores ideológicos y demás.

 

El Parlamento de Berlín.

 

Alemania no resalta la figura de Hitler como el “gran demonio” que fue capaz de hacer todo eso, sino que solo lo señala, claro, como la cabeza de un partido (el Nacional Socialista) que llegó al poder con la voluntad popular. Y la voluntad popular tampoco hizo nada por evitar que el tirano llevara adelante su macabro plan.

 

En suma, los alemanes consideran que todos los que estaban en uso de sus facultades mentales en aquella época tienen algún grado de responsabilidad, mayor o menor, en la tragedia que protagonizó – e impulsó – su país. Por eso, la figura de Hitler no aparece por ninguna parte en Berlín.

 

En la capital germana, el dictador tenía un búnker, en el que se suicidó junto a su esposa Eva Braun y en el que llevaba adelante toda la estrategia de la guerra que terminó por derribarlo. Hoy el lugar fue totalmente tapado y encima hay un estacionamiento. Es la forma que tiene el país de no recargar la culpa a una sola persona, el ideólogo de todo, sino hacerse cargo como país.

 

Postales de Berlín.

 

Son numerosos los recuerdos que aún guarda Berlín de los años de guerra. Sin ir más lejos, la Puerta de Brandeburgo, uno de los antiguos accesos a la ciudad, conserva las marcas de los proyectiles que le impactaron cuando la Unión Soviética hizo capitular al ejército nazi.

 

Por esa puerta, el sitio histórico más importante de la ciudad, desfilaron desde los emperadores que regresaban de alguna invasión en tierras lejanas, pasando por Napoleón, que hizo lo propio en Prusia, hasta el mismísimo Hitler, cuando el voto popular lo consagró para conducir los destinos del país, mediante de un partido que hasta pocos años antes era menos que minúsculo.

 

A pocos metros de la Puerta, que está coronada con la diosa de la Victoria en dirección al centro de la ciudad, se encuentra un monumento asombroso para recordar a los judíos que murieron en manos de los nazis. Se trata de una plaza gigante con construcciones rectangulares que emulan tumbas en diferentes niveles. El diseñador se inspiró en el cementerio judío de Praga (República Checa), en el que la falta de espacio motiva el amontonamiento de placas y los cuerpos son enterrados en diferentes profundidades, uno arriba del otro. Al momento de terminarlo dijo que no iba a explicar la razón de su diseño, que cada uno que lo visitara tenía que sacar sus conclusiones.

 

Con ese homenaje también hubo polémica: para evitar actos de vandalismo, las tumbas fueron “barnizadas” con un producto químico especial que permite borrar cualquier inscripción que se le pueda hacer del estilo grafiti. La empresa que proveyó ese producto, cuyo monto superaba los 27 millones de euros para toda la plaza, era la misma que proveyó al gobierno nazi del gas que se utilizó en las cámaras de exterminio de los campos de concentración.

 

Es decir, hicieron negocio con la matanza de judíos, hicieron negocio con el homenaje a esos mismos muertos. El debate alcanzó tal grado de tensión, que la empresa decidió “donar” el producto y asumir su cuota de responsabilidad por haber colaborado para sembrar el terror.

 

El muro de Berlín.

 

Pese a que en el último tiempo surgieron algunos partidos de ultraderecha que pretenden volver a instalar aquel discurso xenófobo – y algunos son acompañados por muchos votantes -, la sociedad alemana da una lección: “Todos fuimos responsables, porque apoyamos a los nazis o porque nos quedamos callados; y nuestro silencio (por comodidad o por miedo) también permitió todo aquello”, retratan los guías.

 

Por Facundo Insegna.

 

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