Holodomor: morir de hambre en el granero de Europa

Cuando estalló la guerra revolucionaria de 1917, esa que terminaría con el zarismo en el imperio ruso y daría comienzo a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS o CCCP), Ucrania quería ya ser un país independiente.

Cuenta la historia – la historia que cuentan los ucranianos – que hubo una guerra hasta 1922 con los revolucionarios soviéticos que terminó por anexionarlos al reciente y creciente mega estado donde se sentarían las bases del comunismo.

La URSS, a decir verdad, nunca pasó del inicio de la implementación del comunismo. Todo quedó en aquella primera fase, la de la “dictadura del proletariado” propuesta por Karl Marx: esa instancia de transición que debía servir para dejar de lado el capitalismo y elevar de manera definitiva las banderas del socialismo. La transición soviética duró más de 70 años, no terminó ni siquiera con las ideas que había comenzado y nunca logró la transformación.

Ucrania, de todos modos, nunca quiso pertenecer. Eso dicen ahora los gobernantes, algunas personas comunes y, sobre todo, los museos y monumentos históricos. Las diferencias con Rusia son históricas y actuales: en algunos negocios de Kiev se vende papel higiénico con la cara del presidente Vladimir Putin y cuando un ucraniano te saca una foto para que sonrías te dice “¡Vladimir Putin mother fucker!”.

El problema principal en la actualidad radica en la región de Crimea, que Rusia que anexionó en el siglo XVIII, pero luego fue incorporada a Ucrania, y posteriormente declaró su independencia, para que, otra vez, Rusia la declarara parte de su territorio.

“¡Qué bien! Tú puedes ir a Ucrania; para mí sería un problema”, me comentó uno de los tantos interlocutores que tuve en el tren de San Petersburgo a Bielorrusia. Me dijo que con los conflictos eternos entre ambos, la frontera ucraniana suele ser inexpugnable para los rusos. En Rusia no se notó tanto, pero parece que aquí hay un odio que va más allá de una cuestión coyuntural.

El conflicto, que parece haber comenzado en el inicio mismo de la época soviética, tuvo acaso su capítulo más horroroso durante la presidencia de Iosif Stalin. Más en concreto, entre 1932 y 1933. Holomodor. El año de la hambruna.

En ucraniano, único idioma oficial de este país aunque la mayoría habla ruso e inglés, “golomodor” (así en realidad se pronuncia) significa hambruna. Más en concreto se utiliza para esa hambruna, la que terminó, según estimaciones, con la vida de al menos 7 millones de ucranianos. Con un alto porcentaje de niños en ese salvaje número.

Si bien la historia es un poco conocida, hay detalles que se escapan. En Kiev aseguran que durante 50 o 60 años lo que pasó en esa época estuvo oculto para occidente. Y culpan a Stalin y a los soviéticos de lo que pasó y de ocultarlo. Hasta lo llaman “el genocidio soviético en Ucrania”.

El museo de Holomodor no tiene muchos elementos históricos pero sí tiene muchas historias. Hay cortometrajes, entrevistas, testimonios y otros elementos audiovisuales que permiten conocer la versión ucraniana de la historia.

 

Entrada al museo de Holodomor.

Ellos dicen que Stalin, un poco por venganza por los sueños independentistas de Ucrania y otro poco por la necesidad de reforzar la todavía naciente Unión Soviética tomó la decisión de quitar toda la producción agropecuaria a los terratenientes de este país para repartirlo en el resto de la patria. Pero no sólo eso, sino que, además, le negó la posibilidad a los mismos que producían los alimentos de acceder a ellos. Así, la gente empezó a morir de hambre. Literalmente.

Los campesinos eran obligados a trabajar en granjas colectivas y el que se negaba, aseguran los historiadores ucranianos, era condenado a pasar una temporada en Siberia.

Los diferentes documentales, todos ucranianos, que exhibe el museo están en desacuerdo con el número de víctimas fatales. De cualquier forma, el número es simbólico. Siempre hay que pensar que se murió gente. Y de hambre. Y, acusan, por una decisión política.

Ucrania pertenecía desde antes al imperio Ruso. El zar fue quien permitió el ascenso de terratenientes que mantenían a campesinos como esclavos. La revolución fue con la premisa de que “la tierra es de quien la trabaja” y abolió la esclavitud. A cambio se produjo la hambruna.

Los soviéticos acusaban a los antiguos terratenientes de provocar el caos mediante el sabotaje en la producción y la distribución de los alimentos, para vengarse de las políticas de reparto equitativo de tierras. A los ucranianos esa historia no los convence.

Los cortometrajes cuentan historias de personas comunes. Las imágenes, aunque se trata de ficción, son desgarradoras: madres que preparaban sopas con algunas semillas que encontraban por ahí, con el fin que la familia no tomara sólo agua caliente, niños que morían débiles y sin nada para comer, adultos que no sabían de qué manera palear la situación. Muerte, desolación, desesperación, pobreza en su máxima expresión, dolor, más muerte.

En el recorrido que el museo hace por la historia, hasta la prensa cae en la volteada: acusa al corresponsal del New York Times en Rusia, Walter Duranty, de ocultar la historia de Holomodor porque simpatizaba con el gobierno soviético. El año fichado como el comienzo de la hambruna, Duranty ganó el premio Pullitzer, el más prestigioso para un periodista.

Solo hubo dos periodistas que sí reportaron aquellos hechos, según la historia ucraniana, pero sin demasiada trascendencia. Recién en 1991, cuando se desmembró la Unión Soviética, se empezó a conocer la historia en la versión de los ucranianos.

Fueron ellos, en 2003, los que pidieron al comité que entrega los Pullitzer de revocar ese premio otorgado a Duranty. Claro que como algo simbólico: el periodista murió en 1957. El comité analizó el caso y concluyó que el galardón se otorgó por artículos publicados en 1931, por lo que no correspondía que fuera retirado.

La historia de la hambruna es solo una, aunque tal vez la más horrorosa, de las razones que marcan el odio que los ucranianos le tienen a los rusos. Aunque ya no esté más Stalin ni el régimen soviético. Ni tampoco Duranty.

A Ucrania también la llamaron “el granero de europa”, sobre todo luego que se encontrara evidencia que proveía de cereales a la antigua Grecia. Ese es un motivo por el que pensar en una hambruna por desabastecimiento es casi descabellado. Pero existió.

Cuenta la historia – la de los libros no la de Ucrania – que el gobierno ruso negaba que existiera tal situación y, por lo tanto, se negó a recibir “ayuda humanitaria” de otros países europeos. Aunque conviene destacar que los gobiernos europeos no andaban sobrados de humanidad y mucho menos con el “régimen soviético”.

Aun así, es difícil no conmoverse por la historia. Sobre todo porque resulta casi imposible imaginar cómo será morir de hambre, o que se muera de hambre tu familia, tus vecinos, tus amigos. Cuesta comprender que millones hayan quedado en el camino y no hubiera nada que pudiera rescatarlos ni tampoco nadie que se hiciera responsable de la situación y de resolverla.

Más de un año duró todo aquello. Lo suficiente para causar muerte y sufrimiento en proporciones inimaginables. El inicio de los documentales en el museo ubicado en el Memorial de la Segunda Guerra Mundial lo resume así: “La mayor tragedia de nuestra historia. No fue una guerra, no fue un desastre natural. Fue una decisión política”.

 

Por Facundo Insegna.