La ciudad con mala publicidad que busca ser un destino turístico

Minsk es bella, limpia y tranquila. Es ideal para pasear porque todo lo interesante está cerca del centro. Con caminar por las calles uno se encuentra con monumentos espectaculares todo el tiempo.

Es una ciudad moderna, pese a que sus edificios son muy antiguos o relativamente nuevos con estilo antiguo. Es la punta de lanza con la que Bielorrusia quiere abrirse paso como destino turístico. No le va a costar mucho.

El país no tiene buena publicidad, como suele suceder con aquellos lugares donde gobierna alguien que al menos simpatiza con ideas de izquierda. Aleksander Lukashenko, presidente desde hace 24 años, reivindica el período soviético y rinde homenajes a Lenín y los líderes de la revolución bolchevique en cada oportunidad que se le presenta.

Para occidente, Lukashenko es un “dictador que gobierna con puño de hierro”; aunque, en realidad, ganó elecciones desde 1994 y tiene una alta imagen positiva en la sociedad. Y no se ve ningún puño de hierro.

 

Museo de la Gran Guerra Patriótica.

No es un buen consejo aventurarse a emitir una opinión por pasar un par de días en Minsk, aunque la mayoría de los retratos que se trazaron sobre Bielorrusia en los últimos años para occidente se basen en experiencias similares.

Pero no da la sensación de estar tan mal. La economía, al parecer, es bastante fuerte: el rublo bielorruso cuesta 50 centavos de dólar. Es decir: 1 dólar, 2 rublos. Y los precios son un poco más altos que en todo Rusia, por ejemplo. Incluso que Moscú, la más cara de las ciudades rusas, sobre todo durante el mundial.

Y en plena temporada de verano la gente pasea, compra, almuerza/cena en restaurantes caros. Y no son todos turistas porque, aunque quiera, Minsk no es una ciudad turística. Al menos no todavía.

La ciudad tiene todo para ofrecer y explotar: fantásticos monumentos para recordar a los héroes de la Segunda Guerra Mundial, otros para no olvidar el período soviético, edificios antiguos y no tanto, iglesias muy bonitas, inmensos y arbolados parques, lagos, anchas avenidas y veredas ídem, transporte de fácil acceso, gente amable, tranquilidad.

 

Así son los edificios del centro histórico de la ciudad.

Existe una notable diferencia entre la gente de Moscú, por ejemplo, y la de San Petersburgo. Los moscovitas parece que viven apurados, que quieren llegar rápido a cualquier lugar, así sea al bar para tomar vodka. Los de San Petersburgo no, se toman todo con más calma.

Un claro ejemplo ocurre todo el tiempo en las escaleras mecánicas de los subtes. En Moscú, los pasajeros que suben o bajan la escalera se sitúan a la derecha, bien pegados a la baranda, porque por la izquierda pasan los que ascienden o descienden como si fuera una escalera normal. Es como un acuerdo tácito: si vas quieto, a la derecha; si vas caminando, por la izquierda. En San Petersburgo eso no pasa: cada escalón puede ser utilizado a lo ancho sin problemas.

En Minsk, la gente se parece más a San Petersburgo, pero es incluso más tranquila en su andar cotidiano. Es más común encontrarlos a la mañana temprano haciendo ejercicio o paseando el perro o solo sentados en una plaza antes de comenzar la jornada. Y no se apuran a la hora de subir al subte o al autobús. En Rusia, el uso del transporte público parece que los exalta.

 

Ingreso al Parque de la Victoria.

No es un lugar incómodo para el viajero. Es una ciudad muy limpia y ordenada. Hay policías, aunque no tantos, pero no están todo el tiempo haciendo controles ni molestando a los transeúntes o automovilistas.

Los conductores tienen gran respeto por el peatón: en los cruces peatonales, los autos frenan siempre que haya alguien dispuesto a cambiar de vereda, no importa a la velocidad que transiten. No abundan los bocinazos.

Para convertirse en un polo turístico, por ahora solo tiene en contra la falta de familiaridad con el inglés: muy poca gente lo habla y los carteles y anuncios (en el transporte público, en las calles, en los sitios de interés) son bastante limitados en ese idioma. Debe ser complicado para ellos: aquí se hablan ruso y bielorruso, que es parecido pero no igual (hasta tiene sus propios caracteres).

Los numerosos parques, algunos con juegos para chicos y grandes, suelen estar repletos de personas que disfrutan las agradables temperaturas de la época. Incluso los casamientos se realizan durante el día y los novios son fotografiados en diferentes paisajes. El más utilizado en ese ámbito es el Parque de la Victoria, donde está el museo de la Gran Guerra Patriótica.

 

Monumento a Lenín en la plaza que lleva su nombre.

Bielorrusia fue una de las repúblicas más castigadas por el ataque del ejército nazi durante la segunda guerra mundial. Muchos de los edificios tales como la catedral del Espíritu Santo, la de Santa Elena y San Simón, entre otros, debieron ser reconstruidos.

Claro que no fue sólo el ejército nazi el que se encargó de destruir los espacios religiosos: durante el período soviético las iglesias en general fueron utilizadas para instalar escuelas o centros culturales y recién pudieron recuperar su destino original a partir de 1991. Esto no solo sucedió en este misterioso país sino también en todo el territorio que formaba parte de la URSS.

 

En Minsk esto genera un contraste interesante: una de las iglesias más importantes está a metros de la plaza Lenín y muy cerca de la estatua del líder de la revolución de octubre. Curioso que convivan en tan escasa distancia dos sitios que representan cosas tan diferentes.

Bielorrusia ahora quiere ser también tenida en cuenta por quienes eligen un destino para vacacionar. Da la sensación que en pocos años el turismo será uno de los principales ingresos del país: hasta está en un proceso para desburocratizar los trámites migratorios para los turistas.

 

Por Facundo Insegna.