La ciudad que te quita la respiración

“Take my breath away”, cantaba la banda norteamericana Berlín, allá por 1986. La canción, cuya traducción al español es “quítame la respiración”, se hizo conocida por formar parte de la película “Top Gun”, protagonizada por Tom Cruise. Berlín no logró jamás repetir éxito semejante. El tema se escucha aun hoy en radios – sobre todo en programas románticos – y en fiestas o boliches – cuando los encargados de animar esos eventos promueven aquello de “que vuelvan los lentos” -.

Nadie podría explicar bien la razón del nombre del grupo, pero unidos ambos, el título de la canción y la denominación de la banda, bien podría sacarse un resumen de la capital alemana: Berlín es una ciudad que te quita la respiración. Por su belleza, por sus monumentos, por su historia, por sus edificios, por su funcionamiento, que da la sensación de ser perfecto.

 

El muro de Berlín.

 

Sólo extraña un aspecto de la ciudad: no es un lugar limpio, en general. Hay basura desparramada en derredor de los cestos, hay papeles, envases, colillas, desperdigados por las calles. Hay suciedad. Y no es que no se limpie, al contrario, personal (municipal o de alguna empresa que presta servicio de limpieza urbana) trabaja todo el tiempo recorriendo cada arteria. Aun así exhibe suciedad.

 

El ayuntamiento de Berlín.

 

El parlamento es uno de los edificios más bonitos que puede visitarse y tiene enormes ventajas para los turistas: ofrece vistas panorámicas de todo el casco histórico, es gratis, y tiene explicaciones de todo en diferentes idiomas. La única contra es que hay que subir una rampa eterna para llegar a la cúpula, pero el camino se hace agradable con semejante paisaje.

 

La antena de Televisión.

 

 

Desde la cima se pueden ver las catedrales, católicas y ortodoxas (alemana y francesa), la antigua sinagoga, el edificio rojo del Ayuntamiento, Alexander Platz (el centro histórico de la República Democrática Alemana), la torre de Televisión, los edificios supermodernos, la Puerta de Brandeburgo y los diferentes sectores del mismo parlamento, que es un museo en sí mismo.

 

La catedral de Berlín.

 

La incomparable belleza de Berlín se completa con monumentos vinculados a la segunda guerra mundial y a los acontecimientos posteriores, cuando la ciudad quedó dividida en dos por el famoso muro.


Del Muro de Berlín, además del recuerdo, queda muy poco ya. El East Side Gallery, que es el tramo más largo del muro que aún se mantiene en pie y es escenario de murales alusivos a la división de la ciudad, y cerca de Checkpoint Charly son los únicos que se prestan para la visita. Del resto, sólo queda la “cicatriz”: todo el trayecto que abarcaba la pared está señalizado con una línea de dos adoquines.

 

Muro de Berlín.

 

El “Muro de Berlín”, cuentan los guías, no siempre fue una pared de material. Al principio fueron 40 mil soldados dispuestos en toda la frontera que dividía los sectores dominados por EEUU y la URSS. Después fue un alambre. Al último se levantó el muro. Por allí pasaron cerca de 20 mil personas, que buscaban un futuro mejor. Según datos oficiales, 136 murieron en el camino.


Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las potencias ganadoras se repartieron Alemania. La porción más grande quedó para la Unión Soviética, y el resto fue dividido entre Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña.


Como la URSS había invadido Berlín en soledad, la ciudad debía quedar para ellos, pero Estados Unidos reclamó su parte, sin ningún argumento de peso. Sin que nadie pueda explicar las razones, Iósif Stalin (secretario general del Partido Comunista Soviético y, por ende, presidente de esa federación) cedió a la petición. El resultado fue la “guerra fría”, que mantuvo en vilo durante más de 30 años a los berlineses, sobre todo, y al mundo entero.


Al ver el crecimiento de la Berlín Occidental, muchos de sus vecinos, de la Berlín Soviética, quisieron irse en busca de un futuro más prometedor. Ahí, el gobierno de la URSS tomó la decisión de construir el muro.

 

El muro de Berlín.

 

“El muro de la vergüenza”, le decían en la parte occidental. “El muro para frenar el avance fascista”, le llamaban en la parte soviética.


La caída del muro, celebrada en 1989, implicó también el fin de la guerra fría y de la URSS. Pero, además, significó el surgimiento de Alemania, que avanzó desde entonces a paso firme, hasta convertirse en lo que es hoy.


Claro que en el medio hubo todo un proceso de “reajuste” de los dos sectores que estaban separados por el muro, que parecía dividir a ricos y pobres. Aun en la actualidad, cuando algo no llega a funcionar, los que vivieron siempre del lado occidental del muro reclaman que debieron ayudar en materia económica a sus vecinos para equilibrar la ciudad.

 

El muro de Berlín.

 

El crecimiento de uno en contraste con el otro sector tiene una explicación política: a EEUU le servía que le fuera bien al lado occidental y destinó grandes sumas de dinero a su crecimiento; la URSS no le dio tanta importancia a la propaganda y trató de hacer una sociedad más igualitaria, como lo seguía intentando en las repúblicas soviéticas (siempre con resultados de dudoso éxito).


Hoy Berlín está lejos de aquello y sigue creciendo. Tanto, que da la sensación de ser una ciudad demasiado grande para la cantidad de habitantes que tiene. Es decir, o sobra espacio o falta gente. Quizá en temporada estival no se nota tanto, porque están todos los europeos vacacionando y Alemania es destino de gran cantidad de visitantes, pero igual deja ese sentimiento latente.


Incluso no abundan los ruidos en la calle: ni vehículos con escape libre, ni bocinazos, ni griterío, ni insultos entre conductores. Solo se escucha – y con mucha fuerza – la sirena de los bomberos (o de la Policía o la Ambulancia) varias veces al día.


Su belleza y su historia te dejan sin aliento (o te quitan la respiración) y su tranquilidad te invita a recorrerla una y otra vez. Es un buen destino Berlín, aunque los precios de absolutamente todo son bastante elevados.

 

Por Facundo Insegna.

 

 

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