La historia de un kiosco céntrico que tuvo tres dueños diferentes en menos de un año

AUDIO: LUCIANA GODOY (COMERCIANTE)

 

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Con muchos años de trabajo y sacrificio, Luciana Godoy logró montar su propio negocio: abrió un kiosco (o drugstore) en la calle Rivadavia, frente al Sanatorio que lleva el mismo nombre de la calle y del Comedor de la Universidad Nacional de San Luis.

El esfuerzo inicial dio sus recompensas luego cuando empezó a estabilizarse y pudo mantenerlo durante 12 años. Pero hace algunos meses debió venderlo: el monto del alquiler del local, las subas periódicas de la energía eléctrica y los incrementos sucesivos de los productos lo hicieron insostenible.

La debacle comenzó “a fines de 2015, en el 2016…fueron dos años que la estuvimos remando, poniéndole onda, creyendo que ya iba a mejorar, pero no, era cada vez peor”, lamentó Luciana.

“Ese negocio fue durante toda la vida un buen comercio, un buen punto de ventas. Lo tuve que cerrar porque no me rindió más. Yo pagaba 12 mil pesos de alquiler y 8 mil de luz. Ahora debe estar 20 mil el alquiler y 30 mil la luz”, detalló. Y agregó: “Todos los meses yo tenía que juntar 30 o 35 mil pesos, sin contar la mercadería”.

Quien le compró el fondo de comercio a la mujer, lo revendió a los pocos meses. “En menos de un año tuvo tres dueños diferentes”, siguió.

Además del monto que tenía que juntar todos los meses para alquiler, impuestos y servicios, la incertidumbre de los precios de la mercadería también le jugó en contra a la comerciante: “Yo pedía la mercadería y me decían que era mil pesos, pero cuando venía me decían que era dos mil”, ahondó.

“El negocio era mío y de mi marido, no daba para tener empleados. Al principio solo teníamos el negocio pero después mi marido tuvo que conseguir un trabajo. Después empezamos a invertir lo que él ganaba, sacábamos préstamos, para mantener (el drugstore)”, aseveró la joven.

Hoy Luciana tiene una peluquería, alejada del centro de la ciudad. “Hoy la peluquería es un lujo, tampoco está para darse un lujo hoy en día. La gente prefiere aguantarse dos o tres meses sin cortarse el pelo, porque la gente prefiere guardar $100 o $150 para comprar pan”, lamentó.

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