La historia negra de Ucrania, condensada en el siglo XX

Hambruna, guerra y hasta una catástrofe nuclear sumó el territorio de Ucrania en menos de 70 años. Es difícil encontrar otro país que haya sufrido tal combinación de factores (todos desastres provocados por el hombre, ninguno natural) en un lapso tan corto de tiempo.

Contar la historia de Ucrania en pocas líneas y con una visita de solo 5 días es injusto, porque el país ha crecido a la par de miles de acontecimientos que lo hicieron ser lo que es, además de las tragedias.

Pero si uno mira sólo los episodios trágicos, es realmente admirable que el país siga en pie y buscando mejorar de manera continua, para al menos parecerse a sus vecinos europeos. Claro, no quieren saber nada con mirar hacia el otro lado y parecerse a los rusos que tan mal se las hicieron pasar. O eso creen ellos.

 

Las palomas de la victoria.

La primera guerra que sufrió Ucrania fue la del comienzo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. De hecho, fue anterior: los rebeldes que lideraron la revolución de octubre se encargaron de vencer la resistencia independentista de los ucranianos y la anexaron al mega-estado comunista.

De ahí en más, todo fue desgracia: primero, con la hambruna de 1922-1923. Luego, con la segunda guerra mundial: al igual que el resto de las repúblicas soviéticas, los ucranianos también dejaron su vida para defender una patria que nunca consideraron propia. La oposición a la invasión nazi, en realidad, respondió más a los sueños de libertad y de independencia del país que por favorecer la postura que había tomado la URSS.

Más tarde, el desastre nuclear de Chernobyl vino a aportar su cuota de tragedia al país.

Podría pensarse que todas las desgracias de Ucrania fueron consecuencia de su pertenencia (obligada) a la URSS. Sin embargo ya como república independiente – y en el siglo XXI – también tuvo que lidiar con las causas y consecuencias de la “revolución naranja”, episodio que aún hoy se recuerda con euforia y monumentos varios.

 

Catedral de Santa Sofía.

La ciudad de Kiev, capital del país, se convirtió entre el 2004 y el 2005 en el epicentro de las protestas y diferentes acciones políticas desplegadas para cuestionar unas elecciones presidenciales fraudulentas que se desarrollaron en aquellos años, pero también una forma de gobierno que no estaba en el camino del progreso.

En esa ciudad hay un monumento que recuerda los años de lucha y el comienzo de la transformación del país, que aun hoy trata de despegar y de despegarse de todo vestigio soviético.

 

Monasterio de San Miguel de las cúpulas doradas.

Los ucranianos no quieren a los rusos. Se puede pensar que tienen razones suficientes: sus mayores tragedias tuvieron a los soviéticos como principales protagonistas. Pero también es cierto que dejaron varias obras de las que hoy Ucrania hace usufructo.

Por ejemplo, la central nuclear de Chernobyl estuvo operativa hasta el 2000, cuando la cominidad internacional pidió su cierre definitivo. Desde el accidente de 1986, la planta siguió con la tarea de producir energía.

Carreteras, vías de trenes y hasta el metro se construyeron bajo el dominio del Kremlin. El subte, por ejemplo, es uno de los más profundos del mundo y fue el tercero construido por la URSS tras los de Moscú y de San Petersburgo.

También se desarrollaron aquí centenares de edificios durante el periodo soviético para los habitantes del país. La construcción es inconfundible: tienen el mismo estilo que los erigidos en las ciudades rusas para quienes perdieron sus viviendas por la guerra.

Sin embargo, la disputa por Crimea, el rencor por negarle la independencia en las primeras décadas del siglo pasado, las tragedias mencionadas y algunos otros factores incomprensibles para el visitante aportan su cuota para este odio con su vecino y exdominador.

 

A diferencia de Rusia e incluso de Bielorrusia, se nota que Ucrania recién está empezando a querer despegar: como en ninguna otra ciudad grande de la zona se ven grafitis en los túneles y las estaciones de subte, se ve gente queriendo estafar a los pocos turistas que llegan aquí, se ve falta de mantenimiento de calles importantes, y se ve más suciedad.

Kiev, por ejemplo, no es un destino turístico. Si un ciudadano te pregunta que hacés en Ucrania, si tenés parientes o algo, se sorprende que le digas que haces turismo, que fuiste a conocer.

Sin embargo, puede ser una ciudad interesante: tiene monumentos, museos, parques y hasta un río. Quizá no sea para quedarse una semana, pero pasar dos o tres días (como mucho) en la ciudad vale la pena.

La gente en general es amable y bastante parecida a los rusos en varios rasgos de personalidad. Aunque sonríen más que los habitantes de Moscú o de San Petersburgo. También se nota más la presencia de varios que pretenden estafar a los turistas con fotos o con algunas maniobras raras en plena calle.

 

Catedral de San Vladimir.

Pese a sus limitaciones, puede ser una buena opción para apuntarla como un punto a visitar en caso de recorrer el este europeo. En lo que sí hay que tener cuidado es en la salida del país: hay pasos fronterizos (por ejemplo, para ir a Polonia) donde la espera suele extenderse hasta unas 20 horas.

Como en todas las ciudades de la zona, las iglesias son los edificios más llamativos de la ciudad: el monasterio de San Miguel de las cúpulas doradas, la Catedral de Santa Sofía, la Catedral de San Vladimir son los templos ortodoxos más bellos de Kiev.

 

Por Facundo Insegna.