La maravillosa experiencia en Rusia

Se terminó mi tiempo en Rusia. 53 días estuve en este particular país. En ese conteo incluyo a Bielorrusia, no porque sea lo mismo sino porque es tan parecido en casi todo que hasta le dicen “la Rusia blanca”.

Sus semejanzas están más que justificadas: pertenecieron al mismo estado – la URSS – hasta hace 27 años. Según dicen los que conocen a fondo la región, Bielorrusia es el más parecido a Rusia de los países que se independizaron desde 1991.

Rusia, antes del mundial, era un misterio. Solo nombrarlo llevaba a pensar en un país lejano, remoto, con una cultura totalmente diferente al mundo occidental, distante de ese mundo de una manera casi irreconciliable.

 

Moscú.

Sin dudas, la organización de la copa borró muchos de los prejuicios y dejó la sensación que las puertas de Rusia se abrieron al mundo. Esto no es solo una opinión de alguien que estuvo durante el mes del torneo, es un sentimiento que invade también a los rusos y hasta se refleja en los medios de comunicación. Así como algunos esperan la “lluvia de inversiones”, aquí esperan la “lluvia de turistas”, quizá con más posibilidades de concretar que los primeros.

Que el idioma era una traba, que la policía es muy violenta, que hay controles todo el tiempo y en todos lados, que los rusos son fríos, que no se puede fumar en la vía pública, que si tomás alcohol en la calle te detienen, que su cultura es tan diferente que es imposible entenderlos, que lo más fácil es terminar preso. Todos prejuicios que quedaron en el camino, que el país se pudo sacar de encima.

 

Tren de Moscú a Samara.

La belleza de lugares como Moscú, San Petersburgo, Kazán, Samara y demás quedó abierta a las visitas del turismo mundial que, es muy probable, se incrementarán de ahora en adelante.

Rusia tenía gran interés en organizar la Copa. Tanto que nunca quedó muy claro cómo logró que lo apoyaran los asambleístas de la FIFA. La sospecha quedará flotando siempre ¿Hubo irregularidades o es, otra vez, la mala prensa que se le genera a este país desde occidente? Nunca vamos a saber la verdad.

Con todo, los organizadores se esmeraron lo indecible para que todo fuera perfecto. Y le salió bastante bien. También, vale la pena mencionarlo, hubo situaciones que trataron de ocultarse a los ojos extranjeros.

Por ejemplo: la policía era en exceso amable con los miles de hinchas que se reunían en los lugares históricos de la capital. Hasta permitían la ingesta excesiva de alcohol en cualquier lugar. En ese marco, hubo peleas de todo tipo en los que la fuerza de seguridad no intervenía. Solo lo hacía si identificaban a un ruso.

Otro: no se vio gente pidiendo monedas en las entradas de los edificios de interés – iglesias, monumentos – o en la calle, durante todo el mes del Mundial. Una vez que terminó el campeonato “aparecieron” los mendigos. No debe ser casualidad.

 

Estación de trenes de Samara.

La organización del transporte, las entradas a los atractivos turísticos, los hoteles, los restaurantes, todo funcionó a la perfección. La jugada salió bien, Rusia dejó una muy buena imagen.

La conjunción de tantas personas de tantas nacionalidades distintas se vivió como una verdadera fiesta. Ese es el punto más sobresaliente de esta experiencia.

Siempre es enriquecedor conocer gente de otras partes del mundo. Saber cómo viven, qué piensan, qué hacen, cómo es su país. En este sentido, un mundial es una oportunidad inmejorable para llegar, aunque sea mediante el relato del interlocutor de turno, un poco más allá de nuestro rinconcito en el planeta.

Los rusos, con su seriedad casi inquebrantable, son en general muy amables y divertidos. Puede que no se rían con la frecuencia con la que lo hacemos los latinos y no entren en confianza tan rápido, pero una vez que se sienten cómodos dan rienda suelta a la solidaridad y la carcajada.

 

Casco histórico de Samara.

Así permitieron que aquellos que anduvimos extraviados muchas veces nos orientáramos y llegáramos a destino. Así, más de uno recibió regalos inesperados en el camino: pasajes del transporte urbano pagos, almuerzos, meriendas, tés, vasos de vodka, latas de cerveza, coñac, invitaciones varias.

Muchos rusos estaban fascinados con los extranjeros. Otros mostraban su cansancio con la presencia de tantos foráneos mientras pasaban los días. Pero todos ayudaron a los perdidos y dieron una mano en lo que pudieron.

Con los argentinos el trato fue particular. Quizá sea la impresión que nos quedó a quienes viajamos pero no se veía tanta fascinación por los ciudadanos de otros países. Y siguió, quizá con más fuerza, después del Mundial, porque no era solo por “Messi, Maradona, Fútbol”, sino que era como una fuerza inexplicable que los atraía para pretender entablar una amistad de inmediato.

 

Kazán.

Todos los argentinos que estuvieron por aquí se sorprendieron por ese trato. “Oh, mate!”, decían algunos riendo. Algunos hasta toman, pero poco porque la yerba se consigue carísima (alrededor de 11 dólares el kilo).

Pero no sólo los rusos se interesaban en los argentinos. Los habitantes de países árabes, los asiáticos en general, los de la Europa más remota y hasta los centro y sudamericanos mostraban su predisposición para con los “argentos”. Esto vino quizá para romper otro prejuicio: no nos odian en todo el mundo, y en nuestro continente mucho menos.

Ya todo el mundo sabe lo que es el mate, aunque no a todo el mundo le gusta. Diría incluso que es mínimo el porcentaje que lo disfruta. Al menos en esta parte del mundo porque en Siria, por ejemplo, toman mate todo el tiempo, como nosotros, según relatan los propios sirios.

Tomar mate en un tren, en un espacio público o en los espacios comunes de los hoteles despierta curiosidad y da inicio a una charla con desconocidos, siempre. Es acaso uno de los métodos más efectivos para romper el hielo.

Igual que la camiseta de la selección o cualquier otro elemento que te identifique como argentino. Es inevitable que alguien se acerque, pregunte, quiera conversar. Siempre en inglés, aunque muy pocos se atreven con el español.

 

 Kremlin de Nizhny Novgorod.

Ahora, 53 días después de haber llegado, recuerdo cada uno de los momentos en que pasó todo eso. En como el mate, la camiseta de Independiente, la de Argentina, dio inicio a notables conversaciones con un sinfín de personas con las que el idioma no es igual ni parecido pero tampoco una barrera. Recuerdo cada ayuda recibida en el camino, cada consejo sobre qué visitar, cada charla.

Una pequeña recopilación de lo que recibí en el viaje incluiría: amabilidad al por mayor, gentileza sin límites, respeto, risas, invitaciones, conversaciones interesantísimas, la confirmación de haber elegido un buen destino.

El próximo destino es Kiev, Ucrania, otra ex República Soviética, con historias muy importantes por conocer; pero no estaba bien irse de Rusia sin agradecer la hospitalidad.

 

Por Facundo Insegna.

 

Catedral de San Simón y Santa Elena (Minsk, Bielorrusia).

 

Plaza central de San Petersburgo.

 

 Puertas de Minsk (Bielorrusia).

 

Fotos: Facundo Insegna