Las víctimas del Próvolo se unen para exigir condenas por los abusos sexuales

¿Quién fue? Tres jóvenes juntan los dedos índice y mayor de la mano derecha y los apoyan en paralelo sobre sus tráqueas. Es la seña con la que se refieren a un cura.

¿Quién las maltrató? Una chica se estira su párpado derecho con el dedo índice. Remite a una persona con rasgos orientales.

¿Quién amparó a los abusadores? El muchacho se toca el hombro con la yema de dos dedos. Quiere decir “la jefa”.

Los que responden son víctimas de abusos sexuales en el Instituto Próvolo de Mendoza.

Todos quieren hablar, pero ninguno puede: son sordos y, la mayoría, mudos, por eso no lograron denunciar durante años el sufrimiento que tenían. En ese colegio, que se promocionaba como institución modelo, nunca les enseñaron el lenguaje de señas: querían aislarlos.

Pero aprendieron a expresarse y, entonces, abrazados por los árboles de Mendoza, unifican el gesto: ponen las palmas de sus manos al sol. Y comienzan a balancearlas. Y nos miran. Y miran a los jueces, a los políticos, a las jerarquías católicas. Porque ese gesto es un clamor y significa “Justicia”. “Con nuestras manos y nuestras voces rompemos el silencio”, dice el cartel que se cuelgan en el pecho, en el que ellos se denominan “sobrevivientes”.

El Lugar: El jardín del Instituto Próvolo, donde curas y monjas fueron acusados de abusar de niños sordos y mudos. Se sienten ráfagas de aire caliente que vienen rebotadas de la Cordillera de los Andes. Parecen bocanadas del Infierno.

A comienzos del año que viene tendrá inicio el juicio principal, el que sentará en el banquillo de los acusados a los curas Nicola Corradi y Horacio Corbacho, dos nombres que estremecen la memoria de los chicos que los conocieron.

Ingresar al edificio del Próvolo, clausurado hace dos años, cuando estalló el escándalo, es recorrer un laberinto de intrigas: había un bañito para cada alumna o alumno, con inodoros y bidets miniatura, enfrente de las duchas, también individuales. Todavía se ven los rectángulos con los nombres de las nenas y de los nenes. En los allanamientos se hallaron rastros de cadenas, bombachitas con semen, videos pornográficos y cartas lujuriosas de sacerdotes, con burlas a los chicos sordomudos.

Una de las víctimas del Próvolo, que vive ahora en San Luis, se tatuó en su brazo derecho una monja con una cruz invertida en la frente. Y un rostro diabólico.

La causa más grande de la historia de Mendoza acumula ya 20 cuerpos, tiene 14 imputados, registra un mínimo de 16 niños víctimas y se alista para arrancar el año 2019 como foco de atención mundial, pues el caso es seguido por medios de Italia, Irlanda, Inglaterra y los Estados Unidos, donde la película Spotlight, ganadora del Oscar, abrió nuevos caminos de denuncias de casos de pederastía

El rol del Papa Francisco y de la jerarquía católica, que estuvieron todos estos años sin condenar el caso mendocino, es también observado.

La negación de los cargos por parte de los curas acusados en Mendoza y las críticas a los intérpretes fueron jaqueadas en septiembre por la confesión del monaguillo Jorge Bordón, quien en un juicio abreviado aceptó su culpabilidad a cambio de un castigo más leve que el que le podría haber tocado. El ex empleado admitió 11 abusos contra cinco víctimas y le dieron 10 años de prisión, cuando las penas previstas aquí por violaciones, abusos y agravantes van de los 8 años a los 50 años de cárcel.

Fue la primera condena y dejó en claro que los niños no mentían al denunciar los abusos que sufrían. Y tampoco los intérpretes de sus gritos sin eco.

Fuente: Clarín.