Nizhny Novgorod, la ex ciudad prohibida para los extranjeros

Bajo la escalera de la estación del Metro Moscovskiy, en Nizhny Novgorod, con una botella de Coca Cola de medio litro en la mano. No voy a tomar el Metro, solo quiero cruzar la avenida, imposible hacerlo sin ese túnel. En el medio me paran dos policías. Uno rubio, grandote, me habla.

El otro efectivo es en realidad una mujer: alta, corpulenta, seria, rusa a más no poder. Ella no dice nada, solo se me para adelante, como para cortarme el paso si intentara una fuga. No pensaba fugarme, solo estaba cruzando la calle. Pero si hubiese tenido ganas, al verla se me pasaban.

El policía dice algo que suena parecido a “documentos y visa”. Le muestro mi pasaporte – siempre lo llevo conmigo para estas situaciones y para evitar que “desaparezca” si lo dejo en el hostel -. Lo mira y me mira, varios segundos.

Me pregunto por qué se demora tanto. Es cierto que hace varias semanas que no me afeito, que recién había llegado – en un colectivo muy incómodo – a la ciudad y tenía, probablemente, el rostro un tanto desfigurado. Aun así considero que no tengo cara de sospechoso. Aparentemente sí.

 

Paisajes que regala la “parte nueva” de la ciudad de Nizhny Novgorod.

 

 Su actitud me llama la atención. Antes, en otras ciudades, otros policías me habían pedido los documentos, me habían preguntado de dónde era, qué hacía por aquí con el mundial ya terminado o con la Selección Argentina eliminada temprano. Pero nunca sentí que estuviera casi al borde del interrogatorio.

Al rato me devuelve el documento, la grandota se hace a un lado y entiendo que me dejan pasar. Me voy. Llego al hostel y me veo en la obligación de averiguar si los policías aquí actúan así o era solo casos aislados.

Inmediatamente me vuelven dos recuerdos cercanos. El primer día, unos policías me pidieron el Pasaporte mientras buscaba el metro que me acercara a mi destino inicial. El segundo fue hace una semana: caminaba por calles perdidas de Samara con la camiseta de Independiente puesta.

Me pararon dos policías en un patrullero. Me preguntaron de qué era la remera, de dónde era, si les podía mostrar el pasaporte (me dijeron que nunca habían visto un pasaporte argentino), me preguntaron si me gustaba más Samara que Moscú, si me gustaban las mujeres rusas y se reían. Antes de irse hicieron otra pregunta: si eran más simpáticos los policías en Moscú o en Samara.

Era grande la diferencia con los efectivos del Metro de Nizhny Novgorod. Además hubo otra situación: para registrarme en el hostel, la recepcionista se entretuvo más de la cuenta observando mi Pasaporte. Hasta me preguntó si tenía una Fan ID, ese documento de la FIFA que durante el mundial tuvo más validez que el propio pasaporte: una amiga colombiana me dijo que ciudadanos de países que nunca habían podido entrar a Rusia lo lograban en junio y julio gracias a la Fan ID.

Después de más de 10 minutos anotando mi nombre, mi fecha de ingreso a Rusia y hojeando el pasaporte varias veces me lo devolvió, levantando los hombros, como si dijera “bueno, qué más da”.

 

La escalera que recuerda el triunfo contra el ejército nazi en Stalingrado.

 

 Al investigar la historia reciente de Nizhny Novgorod los episodios empiezan a tener sentido: hace no muchos años que los extranjeros pueden ingresar aquí. Desde la URSS era una ciudad prohibida para los visitantes de otros países.

No debe ser casualidad que varias de las sedes elegidas para el Mundial hayan sido hasta el fin del gobierno soviético territorios cerrados a las visitas extranjeras. La normativa aplica para Samara (que encabezó el desarrollo aeroespacial) y también para Nizhny. Claro que no para Moscú, San Petersburgo y Kazán que, como capitales rusas, tenían que estar entre las destinadas a la organización de tamaño evento.

Nizhny Novgorod no siempre se llamó así: al igual que San Petersburgo, Samara y otras ciudades, durante el período soviético le cambiaron el nombre. La denominaron Gorki, en homenaje a Maksim Gorki – que en realidad tampoco se llamaba así sino Alekséi Maksímovich Peshkov -, un escritor y político simpatizante del movimiento revolucionario ruso. Gorki – o como se llamara – había nacido en Nizhny Novgorod. Murió en Moscú en 1936 y desde ahí su lugar de nacimiento empezó a llevar su nombre, hasta el 1991 cuando se disolvió la URSS.

 

Monumento a los héroes de la marina rusa.

 

 Nizhny Novgorod es una ciudad que siempre contó con una buena afluencia turística pese a la restricción: está ubicada en la confluencia de los ríos Oká y Volga y es uno de los puntos principales por los que pasan los barcos llenos de visitantes que recorren el curso de agua más grande de Europa.


Antes de formar parte de Rusia, la ciudad era un principado que resistió no menos de 7 ataques del ejército tártaro, ese reino que tiene como punto principal Kazán y que en alguna ocasión reclamó su independencia. Luego, Iván El Terrible terminó por anexarla a Rusia y ahí se mantiene hasta el día de hoy, sin sueños independentistas.


La ciudad tiene dos atractivos mayúsculos: los ríos y el Kremlin. También aquí la fortaleza de antaño sirvió como base para las oficinas del Gobierno. Dentro del Kremlin hay numerosos museos (los más interesantes son el de arte contemporáneo y el estatal de arte) y dependencias gubernamentales. La edificación cuenta con 13 torres desde las que las vistas a la ciudad y al río son inmejorables.

 

Uno de los ingresos al Kremlin de Nizhny, a través de una de las 13 torres que posee la edificación.

 

 También hay, como en toda Rusia, numerosos homenajes a las víctimas y los héroes de la Segunda Guerra Mundial. Por su desarrollo naval, los más recordados son los integrantes de la marina rusa.


La ciudad es una de los centros culturales más importantes del país, tanto que la UNESCO la declaró como una de las de mayor valor histórico-cultural del mundo.


A través de una larga peatonal que parte desde el Kremlin, hay museos monumentos y edificios antiquísimos. Además, muy cerca, se pueden encontrar los templos de las principales religiones: una Iglesia Ortodoxa Rusa, una de las Sinagogas más antiguas del país y una Mezquita también memorable. También se luce un descomunal monumento del famoso Gorki.

 

La escalera, desde el malecón del río Oká, de 590 escalones para honrar a los héroes de la guerra de Stalingrado.

 

 Como sucede en otras localidades (Kazán por ejemplo) todo lo interesante de la ciudad gira en torno al casco histórico. El desarrollo posterior no aportó más que edificios de viviendas, algunos parques, plazas y, puntualmente en Nizhny Novgorod, puentes para cruzar el río.


El nombre de la ciudad es particular y es probable que esté vinculado a la historia que atravesó desde sus inicios: “Ciudad nueva de abajo” es lo que significa Nizhny (de abajo) Novgorod (nueva ciudad), acaso por las contantes refundaciones a la que se debió someter tras los ataques tártaros. Algo que se completó desde el período soviético. Es la ciudad que siempre surge.

 

 El permanente recuerdo de Rusia a la victoria sobre el ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial.

 

Por Facundo Insegna.

 

 

 

Nizhny Novgorod, la ex ciudad prohibida para los extranjeros

Bajo la escalera de la estación del Metro Moscovskiy, en Nizhny Novgorod, con una botella de Coca Cola de medio litro en la mano. No voy a tomar el Metro, solo quiero cruzar la avenida, imposible hacerlo sin ese túnel. En el medio me paran dos policías. Uno rubio, grandote, me habla.

El otro efectivo es en realidad una mujer: alta, corpulenta, seria, rusa a más no poder. Ella no dice nada, solo se me para adelante, como para cortarme el paso si intentara una fuga. No pensaba fugarme, solo estaba cruzando la calle. Pero si hubiese tenido ganas, al verla se me pasaban.

El policía dice algo que suena parecido a “documentos y visa”. Le muestro mi pasaporte – siempre lo llevo conmigo para estas situaciones y para evitar que “desaparezca” si lo dejo en el hostel -. Lo mira y me mira, varios segundos.

Me pregunto por qué se demora tanto. Es cierto que hace varias semanas que no me afeito, que recién había llegado – en un colectivo muy incómodo – a la ciudad y tenía, probablemente, el rostro un tanto desfigurado. Aun así considero que no tengo cara de sospechoso. Aparentemente sí.

 

Paisajes que regala la “parte nueva” de la ciudad de Nizhny Novgorod.

 

 Su actitud me llama la atención. Antes, en otras ciudades, otros policías me habían pedido los documentos, me habían preguntado de dónde era, qué hacía por aquí con el mundial ya terminado o con la Selección Argentina eliminada temprano. Pero nunca sentí que estuviera casi al borde del interrogatorio.

Al rato me devuelve el documento, la grandota se hace a un lado y entiendo que me dejan pasar. Me voy. Llego al hostel y me veo en la obligación de averiguar si los policías aquí actúan así o era solo casos aislados.

Inmediatamente me vuelven dos recuerdos cercanos. El primer día, unos policías me pidieron el Pasaporte mientras buscaba el metro que me acercara a mi destino inicial. El segundo fue hace una semana: caminaba por calles perdidas de Samara con la camiseta de Independiente puesta.

Me pararon dos policías en un patrullero. Me preguntaron de qué era la remera, de dónde era, si les podía mostrar el pasaporte (me dijeron que nunca habían visto un pasaporte argentino), me preguntaron si me gustaba más Samara que Moscú, si me gustaban las mujeres rusas y se reían. Antes de irse hicieron otra pregunta: si eran más simpáticos los policías en Moscú o en Samara.

Era grande la diferencia con los efectivos del Metro de Nizhny Novgorod. Además hubo otra situación: para registrarme en el hostel, la recepcionista se entretuvo más de la cuenta observando mi Pasaporte. Hasta me preguntó si tenía una Fan ID, ese documento de la FIFA que durante el mundial tuvo más validez que el propio pasaporte: una amiga colombiana me dijo que ciudadanos de países que nunca habían podido entrar a Rusia lo lograban en junio y julio gracias a la Fan ID.

Después de más de 10 minutos anotando mi nombre, mi fecha de ingreso a Rusia y hojeando el pasaporte varias veces me lo devolvió, levantando los hombros, como si dijera “bueno, qué más da”.

 

La escalera que recuerda el triunfo contra el ejército nazi en Stalingrado.

 

 Al investigar la historia reciente de Nizhny Novgorod los episodios empiezan a tener sentido: hace no muchos años que los extranjeros pueden ingresar aquí. Desde la URSS era una ciudad prohibida para los visitantes de otros países.

No debe ser casualidad que varias de las sedes elegidas para el Mundial hayan sido hasta el fin del gobierno soviético territorios cerrados a las visitas extranjeras. La normativa aplica para Samara (que encabezó el desarrollo aeroespacial) y también para Nizhny. Claro que no para Moscú, San Petersburgo y Kazán que, como capitales rusas, tenían que estar entre las destinadas a la organización de tamaño evento.

Nizhny Novgorod no siempre se llamó así: al igual que San Petersburgo, Samara y otras ciudades, durante el período soviético le cambiaron el nombre. La denominaron Gorki, en homenaje a Maksim Gorki – que en realidad tampoco se llamaba así sino Alekséi Maksímovich Peshkov -, un escritor y político simpatizante del movimiento revolucionario ruso. Gorki – o como se llamara – había nacido en Nizhny Novgorod. Murió en Moscú en 1936 y desde ahí su lugar de nacimiento empezó a llevar su nombre, hasta el 1991 cuando se disolvió la URSS.

 

Monumento a los héroes de la marina rusa.

 

 Nizhny Novgorod es una ciudad que siempre contó con una buena afluencia turística pese a la restricción: está ubicada en la confluencia de los ríos Oká y Volga y es uno de los puntos principales por los que pasan los barcos llenos de visitantes que recorren el curso de agua más grande de Europa.


Antes de formar parte de Rusia, la ciudad era un principado que resistió no menos de 7 ataques del ejército tártaro, ese reino que tiene como punto principal Kazán y que en alguna ocasión reclamó su independencia. Luego, Iván El Terrible terminó por anexarla a Rusia y ahí se mantiene hasta el día de hoy, sin sueños independentistas.


La ciudad tiene dos atractivos mayúsculos: los ríos y el Kremlin. También aquí la fortaleza de antaño sirvió como base para las oficinas del Gobierno. Dentro del Kremlin hay numerosos museos (los más interesantes son el de arte contemporáneo y el estatal de arte) y dependencias gubernamentales. La edificación cuenta con 13 torres desde las que las vistas a la ciudad y al río son inmejorables.

 

Uno de los ingresos al Kremlin de Nizhny, a través de una de las 13 torres que posee la edificación.

 

 También hay, como en toda Rusia, numerosos homenajes a las víctimas y los héroes de la Segunda Guerra Mundial. Por su desarrollo naval, los más recordados son los integrantes de la marina rusa.


La ciudad es una de los centros culturales más importantes del país, tanto que la UNESCO la declaró como una de las de mayor valor histórico-cultural del mundo.


A través de una larga peatonal que parte desde el Kremlin, hay museos monumentos y edificios antiquísimos. Además, muy cerca, se pueden encontrar los templos de las principales religiones: una Iglesia Ortodoxa Rusa, una de las Sinagogas más antiguas del país y una Mezquita también memorable. También se luce un descomunal monumento del famoso Gorki.

 

La escalera, desde el malecón del río Oká, de 590 escalones para honrar a los héroes de la guerra de Stalingrado.

 

 Como sucede en otras localidades (Kazán por ejemplo) todo lo interesante de la ciudad gira en torno al casco histórico. El desarrollo posterior no aportó más que edificios de viviendas, algunos parques, plazas y, puntualmente en Nizhny Novgorod, puentes para cruzar el río.


El nombre de la ciudad es particular y es probable que esté vinculado a la historia que atravesó desde sus inicios: “Ciudad nueva de abajo” es lo que significa Nizhny (de abajo) Novgorod (nueva ciudad), acaso por las contantes refundaciones a la que se debió someter tras los ataques tártaros. Algo que se completó desde el período soviético. Es la ciudad que siempre surge.

 

 El permanente recuerdo de Rusia a la victoria sobre el ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial.

 

Por Facundo Insegna.