No se puede vivir de milagros

Todos sabíamos que iba a terminar así. Ya nos había pasado. En cuanto encontráramos un equipo armado (Croacia, Francia) el sueño se podía terminar. Pero es fútbol y decidimos creer, soñar, ilusionarnos.

El día había empezado raro: hacía más de una semana que había sol y no tuvimos casi nubes en Moscú. Sin embargo, el sábado amaneció nublado y con pronóstico de lluvias. Acaso una tormenta de verano.

Yendo hacia el Fan Fest se largó a llover, nada del otro mundo, una simple lluvia molesta que mojaba bastante, pero nada más. En todo el trayecto, combinación de colectivos y metros en el medio, siguió lloviendo. Paró recién a las 16.00, cuando ya éramos varios argentinos (y rusos, chinos, africanos, sudamericanos con camiseta argentina) que salíamos de la estación “universitiet” para caminar 15 minutos hasta la zona que la FIFA dispuso para ver los partidos.

En el camino a pie hacia el Fan Fest un pequeño grupo de rusos advertía que “is close”. ¿Por qué? Por la lluvia. La FIFA tomó la determinación de dejarnos sin ver los octavos de final. Mientras tanto, seguían llegando argentinos.

Los voluntarios de la FIFA, desparramos a lo largo del camino, confirmaban que estaba cerrada la “fan zone” y que “a lo mejor” la abrían para el segundo tiempo, si ya no llovía. Era un riesgo. Lo más prudente era buscar un bar o un restaurante que pasara el partido.

En el camino, un venezolano que vive en Colombia se sumó a la decepción: quería ver el partido de Argentina pero se frustró. Juntos fuimos a buscar una cafetería o algún lugar donde verlo.

Llegamos a un shopping, algunos locales decidieron que no era buena idea pasar el partido y nos cortaban el paso. Otros ya estaban repletos y era imposible meterse. Terminamos en una especie de supermercado que, en un sector apartado, tenía una mesita y heladeras con bebidas. Y dos televisores, claro.

Alrededor de la mesa – en realidad eran varias mesitas juntas – estaban sentados más argentinos, dos rusos y algunos otros de origen indescifrable. Después se sumaron tres norteamericanas.

Los rusos hablaban de fútbol y de varias cosas más – ¡No se callaron en todo el partido! -, los argentinos estaban entusiasmados y el resto, miraba como quien mira una película un sábado a la tarde.

El partido en sí, desde el comienzo, dejó en claro cómo venía la mano. Francia, una selección bastante ordenada, se acomodó en defensa, cedió la tenencia de la pelota, pero aprovechaba la velocidad de sus delanteros. Argentina, como siempre, con toques intrascendentes, coraje, y la esperanza que Messi se iluminara.

El caso Sampaoli es raro. Desde que dirigía Chile se lo emparentó con Marcelo Bielsa. Se creyó que era metódico, planificador, entusiasta, obsesivo, ofensivo. Por alguna razón, él se sacó los rótulos: su arenga de “no soy un planificador” que escribió en su libro fue furor en estos días en las redes sociales. “Todo surge en mi cabeza cuando tiene que surgir”, dijo el DT. Así le fue. Así nos fue.

Sampaoli llegó a la selección con algunos pergaminos: había sido muy considerado cuando dirigió equipos de Chile, llevó a la selección de ese país a levantar su primera Copa América, estaba haciendo una buena campaña en el Sevilla. Su salida del equipo español le costó a la AFA, dinero y una mirada despreciativa por la forma en que actuó, pero llegó como “el mejor DT del mundo”, según Chiqui Tapia. Claro que no lo era, no lo es y es bastante probable que no lo sea nunca.

Cuando se calzó el buzo prometió una “revolución ofensiva” con tácticas innovadoras, la convivencia dentro del campo de cuanto jugador de ataque estuviera disponible y en buen nivel, y que iba a armar un equipo para potenciar a Messi. Lo más ofensivo que hizo fue insultar a un policía.

Un año lleva como entrenador y dijo que no va a renunciar. Utilizó 15 formaciones distintas para 15 partidos distintos. Los cambios de esquema táctico fueron una constante: 4 defensores, ahora 3, después 4 otra vez, Messi por derecha, Messi por el medio, Messi de enganche, Messi de “falso 9”, Salvio de lateral, Salvio de mediocampista, Meza de interior, Meza de extremo izquierdo, 4-4-2, 2-3-3-2, 4-5-1.

Cuando Argentina quedó al borde de la eliminación, tras la derrota con Croacia, “tomaron el mando” los jugadores (con Mascherano y Messi a la cabeza). Lo que plantearon fue simple: cuatro defensores, cuatro mediocampistas, dos delanteros (uno de ellos un 9 “tradicional”). La fórmula resultó: Argentina jugó mejor que sus partidos anteriores y ganó, aunque se pueda cuestionar el nivel del rival.

Como esas personas que no pueden ver que algo funciona bien y no descansan hasta arruinarlo, Sampaoli decidió meter mano en el equipo. El “todo surge en mi cabeza cuando tiene que surgir” estaba otra vez ahí para complicarnos. Sacó a Higuaín y metió a Pavón, jugamos sin referencia de área.

No era mala idea: Messi, como “falso 9” debía llegar al área más liberado y en velocidad, así como lo hacía en Barcelona en las épocas de Pep Guardiola. Lo que no surgió en la cabeza de Sampaoli fue quién le iba a pasar la pelota a Messi.

 

Entonces Messi empezó a retroceder para buscar él la pelota y se quedaba sin receptor para dársela. O sea, Messi tenía que crear juego para que Messi definiera. Si hubiese jugado Lo Celso o Meza, quizá la función de Messi hubiese estado más cerca de lo que “surgió” en la cabeza del DT. Pero no. Alguien en las redes sociales escribió, irónico: “Felicito a Sampaoli, es el primer técnico que logra anular así a Messi”.

En la primera corrida del velocista Mbappé casi se podía ver el final de la historia. Rojo le hizo un penal que fue casi una declaración de inferioridad. El héroe de la clasificación iba a ser torturado por los delanteros franceses.

El gol de Di María nos devolvió la ilusión. Volvimos a creer, volvimos a soñar, aún sin argumentos sólidos. Más aún cuando Messi pateó, Mercado la desvió y nos pusimos arriba 2 a 1.

Poco nos duró la alegría. La defensa argentina, mal armada, fue apabullada en 11 minutos: tres goles nos metieron y casi sentenciaron el partido.
Volvimos a ilusionarnos, volvimos a confiar en los milagros porque después de todo “Dios es Argentino”, cuando Agüero puso el 3-4. Y hasta casi logramos la hazaña sobre el final, con ese centro que tiró Meza y se fue, tras rebotar en uno de los nuestros, por arriba del travesaño.

Amargura, tristeza, desazón. También sabíamos que lo peor venía después: leer, escuchar, ver a los exitistas, a los “hay que ganar como sea”, a los “hay que poner huevos”, a los que aprovechan que alguno se caiga para poder pegarle a gusto en el piso.

Mucho se dijo de esta camada de jugadores: que son millonarios y no les importa la selección, que son unos fracasados, que no tienen hambre de gloria, que se tienen que ir todos y hay que “refundar” la selección. Pero ellos – los Mascherano, los Lavezzi, los Di María, los Agüero, los Higuaín, los Biglia – nos llevaron a una final del mundo después de 24 años. Ellos hicieron que Argentina sea candidata en serio en cada torneo y no que solo nosotros nos creamos candidatos porque “somos Argentina y tenemos que ganar todo”. Solo ellos nos volvieron a poner arriba.

Duele la eliminación tempranera, pero más duele que Mascherano (gran capitán aún sin la cinta) se vaya cuestionado por su nivel, como si hubiese dejado todo en la cancha, que Biglia (gran estandarte del subcampeonato del 2014) se vaya sin pena ni gloria, que a Messi se lo siga maltratando.
Los futboleros de otras partes del planeta no pueden entender lo resistido que es Messi en Argentina. Tienen más que claro que le tiene mucho amor a la camiseta, que pudo haber jugado para España (y ya sería campeón mundial) pero decidió representar (futbolísticamente) a su país. Pese a que su país, desde niño, lo trata tan mal.

 

En Moscú vuelve a llover un rato más. El partido termina, el bar queda vacío, todos se van. Algunos más alegres, otros tristes, el resto sin modificaciones sustanciales en el ánimo.

El metro está lleno pero ya no existe la euforia argentina, esa que generaba cánticos en cada rincón de la inmensa capital rusa. Los pocos argentinos que viajan van con la cara larga, amargados, tristes.

En el hotel, dos marroquíes y un uzbeco miran el partido de Portugal-Uruguay. Me ven entrar, me dicen que les gustó el partido de Argentina y lamentan la derrota. Ellos, parece, hinchan por Cristiano Ronaldo. El triunfo uruguayo los desilusiona un poco pero tampoco es que sufran gran cosa.

Las redes sociales se inundan de “felicitaciones” a Uruguay por el triunfo. Todos destacan el trabajo del maestro Tabarez (tercer mundial consecutivo, siempre llegó al menos hasta octavos) y ponen de manifiesto la “garra uruguaya” para jugar estos partidos. Y muchos, también, comparan a sus jugadores con los argentinos. Nadie dice que si Uruguay se queda en cuartos o en semis, jugando con el coraje con que lo hace siempre, sus jugadores serán aplaudidos al llegar a su país: no los van a tildar de “fracasados” por no salir primeros, no van a decir que Suárez está divorciándose de su esposa, que Godín es el que arma el equipo y no Tabarez, que el “Cebolla” Rodríguez le metió una trompada a Cavani.

El DT de la “celeste” tiene muchos méritos para posicionar a su selección en donde está cada torneo. Quizá el más importante sea darse cuenta que no tiene 11 jugadores en la elite mundial: sus defensores no son los mejores del mundo, tampoco sus volantes; acaso sí dos de sus delanteros (los titulares Suárez y Cavani) integrarían un Top Five de atacantes que todos quieren tener. Por eso plantea los partidos para equilibrar, desde la táctica y la distribución de sus en el campo, a cualquier selección que sí tenga mega estrellas. El método es simple: defensa firme, mediocampo ordenado, delantera contundente. Defiende mucho y bien, aunque cede el protagonismo.

En Argentina no miramos eso. No nos damos cuenta que no tenemos arqueros, centrales, laterales ni mediocampistas entre lo más destacado del planeta. Solo nuestros delanteros están en clubes de elite y tienen un nivel brillante. Pero no se puede armar un equipo solo con delanteros.

Lo tenemos a Messi. Quizá sea culpa de él ilusionarnos tanto, quizá su presencia haga que nos creamos con derecho a soñar. Quizá también descargamos nuestras frustraciones con él, porque es el mejor del mundo en lo que hace y nosotros estamos bastante lejos de tener logro semejante en nuestros trabajos.

Por eso nunca nos alcanza. No nos alcanza que haya generado dos de los tres goles contra Francia, que nos dejaron al borde de un empate que no merecíamos. No nos alcanza que nos haga volver a jugar finales. No nos alcanza que, pese a todo, quiera volver a ponerse la camiseta Argentina una y otra vez.

“Cuando no estemos más en la selección nos van a extrañar”, dijo el año pasado Agüero. Ya, de esa camada de las tres finales, pocos llegaron a este mundial. Y nos volvimos en octavos. Quizá tan errado no estaba.

 

 

Por Facundo Insegna.