Recorrer el horror de cerca: un tour por Auschwitz

Es difícil encontrar palabras para explicar lo que se siente al recorrer el interior del mayor campo de concentración instalado por el régimen nazi entre 1940 y 1945. Las fotografías, la vestimenta de los prisioneros, las cámaras de gas que quedaron en pie y hasta los hornos crematorios generan, cada uno a su turno, un estremecimiento tal que cualquier intento por expresarlo resulta vano.

Al visitar Cracovia, la capital cultural de Polonia, es casi imposible resistirse a la posibilidad de llegar hasta Oswiecim, el nombre original de lo que los nazis luego llamaron Auschwitz, para conocer de cerca la historia del símbolo del genocidio alemán durante la segunda guerra mundial.

 

 

El lugar, al que se puede acceder de manera gratuita (antes de las 10.00 de la mañana y después de las 15.00) aunque también se puede pagar para hacer una visita guiada, impacta desde el primer punto: los prisioneros eran recibidos con un cartel que contenía un mensaje tan esperanzador como falso: “”Arbeit macht frei” (el trabajo hace libre)”.

 

“El trabajo hace libre”.

 

Al trasponer esa entrada comienza el recorrido por el terror: el predio está dividido en diferentes bloques destinados a la administración del lugar, la retención de los bienes que portaban los prisioneros, una especie de oficina de juzgamiento y las habitaciones/celdas donde vivían los que habían sido “seleccionados” como aptos para trabajar.

 

Las muestras fotográficas son estremecedoras.

 

 

El más terrible y más visitado es el bloque 11, denominado “el bloque de la muerte”, en el que se aplicaban castigos – tales como encierros en celdas ínfimas en las que el detenido moría de hambre – y también ejecuciones y horcas.


Es, acaso, uno de los puntos que más conmoción genera en todo el recorrido, pero no el único. En los otros bloques suelen distribuirse exposiciones artísticas con fotografías y datos de esos años.


No sólo la persecución sobre el pueblo judío sino también sobre los homosexuales, los gitanos, los rebeldes, los que se atrevían a pensar diferente del régimen nazi terminaba con detenciones y deportaciones hacia el campo de concentración. Todo queda retratado con documentos, fotos y testimonios.El más terrible y más visitado es el bloque 11, denominado “el bloque de la muerte”, en el que se aplicaban castigos – tales como encierros en celdas ínfimas en las que el detenido moría de hambre – y también ejecuciones y horcas.

 

 

Las casillas de vigilancia. En esta zona se contaba a los presos, si faltaba alguno, sus compañeros eran castigados con severidad.

 

Imposible soñar con la huida del campo.

 

En lo estadístico, el museo reconoce que pudo demostrar la muerte de más de un millón cien mil personas en Auschwitz. Claro que no fue solo en el campo “más renombrado” sino también en otros dos que se construyeron como “sucursales” del primero (Birkenau y Monowitz) para incrementar el número de detenidos.

 

Las imágenes son elocuentes.

 

Habitaciones con pasto en el suelo como “colchón” para que durmieran los detenidos, otras con colchonetas ínfimas tiradas en el piso y el resto con numerosas cuchetas eran los sitios en los que tenían que dormir los detenidos. Luego, debían realizar 11 o 12 horas de trabajo duro y recibían solo una pequeña ración de alimento. Aquel trabajo que “los haría libres” según el perverso cartel del ingreso.


Algunos, por diferentes razones o por ninguna, eran condenados a muerte. Los que no, también tenían una condena a muerte encubierta: muchos perecieron por hambre, otros no soportaron el rigor diario, algunos también contrajeron enfermedades de las que no pudieron salvarse. Ese destino les esperaba si eran “aptos para el trabajo”; los que no, directamente eran condenados a los pocos días de haber llegado.


Huir del campo era casi misión imposible: está todo rodeado de alambres de púas y una estricta vigilancia. Además, se realizaba periódicamente el conteo de prisioneros. Si faltaba alguno, comenzaba la tortura a quienes pudieran tener alguna información sobre el paradero del rebelde. Las torturas, en general, terminaban en la muerte del rebelde.

 

En estas condiciones vivían los detenidos. Algunos “tenían suerte” y dormían en cuchetas. Otros, directamente en el suelo. Todo con más de 11 horas de trabajo diario y una pequeña ración de comida.

 

En otro sector, el museo exhibe elementos que pertenecieron a los detenidos en el campo de concentración. En este punto, también queda espacio para, una vez más, quedar con un nudo en la garganta. Zapatos, platos, cubiertos, envases, piernas ortopédicas y hasta cabello que le era quitado a las víctimas. El pelo se comercializaba a la industria textil para hacer telas: casi dos mil kilogramos vendieron los nazis durante el “funcionamiento” del campo.


Todo eso cuenta el museo, que se guarda para el final el capítulo más cruel: un recorrido por una de las cámaras de gases y los hornos crematorios con los que se deshacían de los cuerpos. Es uno de los pocos lugares donde se pide el más absoluto silencio y respeto por todas las personas que pasaron por allí.

 

Cámara de gas y crematorio. Los prisioneros eran envenenados con el pesticida Zyklon B y luego sus cuerpos eran reducidos a cenizas. El lugar fue reconstruido luego que los nazis lo destruyeran para borrar las evidencias en su contra.

 

En el paseo se reconoce la labor de la Unión Soviética para liberar a los detenidos y brindarles la asistencia médica necesaria al momento de sacarle poder a los nazis (los campos de concentración fueron liberados antes de la derrota final de Alemania) pero también se recuerda que la invasión a Polonia por parte del ejército alemán contó con la colaboración del gobierno de Stalin, con quien Adolf Hitler había firmado un pacto de no agresión que no respetó.


Antes de ingresar al museo queda claro el porqué de su fácil acceso: para preservar la memoria de las víctimas y para que aquellos años no se repitan. Nunca más.

 

Por Facundo Insegna.