Rusia, la URSS “de hecho”

A los rusos les cuesta hablar de la Unión Soviética. Nadie da una respuesta contundente, siempre contestan con evasivas. Algunos, incluso, parecen molestos cuando se les pide una opinión.

“Debe haber tenido partes buenas y malas”, sostienen en su mayoría. “Habrá gente que la pasó bien y otra que no”, agregan sin decir gran cosa. Y cambian de tema o se quedan en un incómodo silencio.

Rusia se convirtió en este tiempo en una “URSS de hecho”: habitantes de muchos de los países que pertenecieron a la Unión Soviética migran hasta este gigante para poder trabajar. Algunos hacen miles de kilómetros para buscar un futuro mejor.

Uzbekistán, Kazajistán, Azerbaiyán, Armenia, Tayikistán y Turkmenistán son los que más mano de obra aportan a Rusia. Se ve en las calles, en los comercios, en el transporte público, en los hoteles, en la policía.

 

“Soy nacido en Rusia pero en realidad soy Armenio”, me dijo el joven despachante de un local de comida armenia en Samara. Los que vienen de esa zona suelen dedicarse, en su mayoría, a la venta de comida. El resto hace todo tipo de trabajos. Es fácil identificarlos: por su aspecto físico, rasgos más bien arábigos o mongoloides, y porque son más sonrientes y amables que los rusos. También suelen ser más curiosos ante la presencia de un extranjero.

No todos los ex países de la URSS se integran en el más grande del mundo: los bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) mantienen un viejo enfrentamiento con sus ex socios, y a sus habitantes no se les hace tan fácil conseguir trabajo en tierras rusas.

 

El resto si logra un permiso para trabajar con cierta facilidad y puede desarrollar casi cualquier tarea. Tampoco la situación económica rusa está para tirar manteca al techo: apenas si alcanza para sobrevivir mes a mes.

Los exURSS tampoco suelen hablar mucho de lo que fue esa integración que terminó en 1991. Quizá a nadie le interesa mucho, pero estar aquí genera curiosidad: se trata, ni más ni menos, que de la historia reciente del mundo.

Katia, que vive a media cuadra del Kremlin, respondió casi con brusquedad: “No sé cómo fue; no viví en esa época”. Y guardó silencio. Lo mismo Aliokha, Aleksandr, Gula y algunos más. Acaso saben que de nuestro lado del mundo Rusia y los rusos fueron “demonizados” por estar bajo un gobierno comunista.

 

Con Aleksandr compartí una “Cupé” en el tren desde Moscú a Samara. En realidad, él se bajó unas tres estaciones antes. Él si se explayó un poco más, pero no mucho. Le pude preguntar por qué nadie quería hablar de eso y no supo decirme.

La sensación que queda es que no quieren que los vinculen con el comunismo, y que prefieren no hablar del tema. Acaso la propaganda yanqui también está teniendo éxito en tierras donde antes no podía prevalecer.

Incluso es llamativo que, más allá de Lenin y de Stalin, no hay muchos monumentos o sitios de interés que recuerden a los presidentes, dirigentes o personalidades de aquella época. Y Stalin pareciera que se salva del ostracismo por haber frenado a los nazis, no tanto por su gobierno. Después, hay algunos homenajes a los revolucionarios de octubre de 1917 y poco más. No parece gran cosa para haber sido lo que fue.

Aleksandr tiene 24 años y está casado con una joven uzbeka. A él le digo que la imagen que tenemos de los rusos es que son tipos serios, callados, mal agestados, cascarrabias, irascibles. Pero también le cuento que, por lo que pude ver, la mayoría se comportó de manera amable. “Somos personas normales”, afirmó riendo.

 

El mundial de fútbol y la llegada de miles de turistas de distintos países, todos juntos, generó, en un principio, la simpatía y la curiosidad de los rusos. Con el paso de los días parecieron ir cansándose de tanto extranjero bullicioso. Quizá sea más normal de lo que uno piensa.

Ya pareciera que no soportan a los pocos que quedan. Es que están acostumbrados al turismo, pero no al tipo de turismo de 100 tipos en cada rincón de la Plaza Roja alentando a un equipo que ni siquiera está jugando.

De cualquier manera, parece que haber sido elegida como sede del Mundial le hizo un gran favor a Rusia: abrió el camino, acaso, para potenciarse como destino turístico de aquellos occidentales que todavía la miran con algo de desconfianza.

“Si no es por el mundial, ¿Cuándo hubiésemos venido a Rusia?”, sintetizó un periodista de Bahía Blanca mientras observábamos el entrenamiento de la selección en Bronnitsy. Razón no le falta.

 

Por Facundo Insegna.