Samara, la capital “suplente” de Rusia

La ciudad de Samara no siempre se llamó Samara. Entre 1935 y 1991 se llamaba Kúibyshev, en honor a Valerián Vladímirovich Kúibyshev, un político soviético que, además, formó parte del Ejército Rojo en la guerra civil rusa que se inició con la Revolución de Octubre, en 1917.

Samara, que se volvió a llamar así tras el desmembramiento de la Unión Soviética y el fin del Gobierno Socialista que la sostenía, está ubicada a 900 kilómetros al suroeste de Moscú y, en su momento, fue una “capital suplente” o “capital de reserva” como insisten en llamar los rusos.

En 1941, cuando Adolf Hitler en plena euforia ordenó la invasión a Rusia y las tropas nazis intentaban llegar a Moscú, el entonces mandatario Jósif Stalin la nombró “Capital de reserva”, para trasladar todas las gestiones del Kremlin si los alemanes lograban su cometido.

De hecho, las 22 embajadas extranjeras y parte de la burocracia del Kremlin fueron trasladadas a Kúibyshev, tal como era su nombre por aquellas épocas. En 1945, con la caída del nazismo, todo volvió a la normalidad. O casi.

 

En los años de la Guerra, Samara se convirtió en la principal ciudad de fabricación de armamento militar y, a los pocos años, en el centro de desarrollo espacial de la URSS. Tanto, que los trabajadores de aquellos años son reconocidos con un descomunal monumento ubicado a pocos metros del “Malecón de Samara”.

Desde Moscú hay varias opciones para llegar: tren, colectivo, avión. El tren es lo más barato y lo más cómodo: literas con sábanas (los viajes son de noche) en máquinas ultramodernas, con acceso a limpios baños y la posibilidad de tomar té, café (todos los que el pasajero quiera) o pedir agua caliente, para algún extraviado que quiera mates. El viaje demora unas 14 horas y cuesta menos de 700 pesos (1404 rublos).

Los rusos conocen bien la historia de Samara, esa que estuvo vedada a los extranjeros durante muchos años. En la ciudad, muy cerca de la playa del río Volga, hay un búnker que fue supersecreto y de una construcción increíblemente rápida. Era un lugar que se erigió para que Stalin, si Moscú era tomada por los nazis, tuviera de refugio durante los años de la Segunda Guerra Mundial.

Ese sector, hoy convertido en un Museo que los guardias de la puerta y el interior vigilan con celo, estuvo oculto hasta para los habitantes de Samara hasta el final de la guerra. El búnker se construyó en 9 meses y se realizó a una profundidad de 37 metros. Tiene (tuvo) una sala de reunión para el Comité de Defensa y una réplica exacta del gabinete de Stalin en el Kremlin.

Si bien con el fin del Estado Socialista de a poco la ciudad fue “abriéndose” a los extranjeros, no fue sino con el mundial que sus “secretos” salieron a la luz. Sobre todo este búnker.

Pero Samara tiene otras atracciones más allá de su vinculación con la Segunda Guerra Mundial o, para los rusos, Gran Guerra Patriótica. Tiene una rambla o malecón a la vera del Volga que los habitantes disfrutan al extremo en la temporada estival. Tiene memoriales, museos de historia y cosmonáutica (aquí se construyó, por ejemplo, Vostok, la nave espacial que llevó por primera vez a un ser humano al espacio -Yuri Gagarín, en 1961-), salas de exposiciones, y una maravillosa combinación de antigüedad y modernidad presente en cualquier calle de la parte “vieja” de la ciudad. Tiene una fábrica de cerveza inaugurada en 1880.

 

Bombas de agua antiquísimas, casas de madera (por lo visto todavía habitables), viejísimos trolebuses, colectivos y tranvías conviven con edificios altísimos y supermodernos, anchas avenidas, modernos autobuses también y una estación de trenes que es un lujo.

Perderse por las calles de este sector viejo de la ciudad es abrir un abanico de posibilidades para encontrar con paisajes urbanos inigualables. Todo siempre muy bien ordenado, limpio y custodiado por la policía.

La ciudad se enorgullece de dos edificaciones: la plaza Kuibysheva, la más grande de Europa, y la estación de trenes (Железнодорожный вокзал станции Самара), la más alta del mundo.

Dimensionar la plaza en esta época es difícil: allí la FIFA instaló su Fan Fest y, además de estar ocupada, está todo vallado. De manera tal que no se puede apreciar el espacio público en su magnitud. Con la estación es más fácil: se trata de un edificio bastante moderno (se terminó de construir en 2001) todo vidriado. También luce, por ahora, varios carteles de la FIFA, pero pude considerarse parte del paisaje.

En cosmonáutica

 

La parte “nueva” de la ciudad, por cierto, no es gran cosa. Decenas de edificios como encadenados unos a otros con algunos espacios comerciales y plazas con juegos para niños. Nada del otro mundo.

Samara, que es la sexta en población en Rusia con casi 1 millón 200 mil habitantes, albergó varios partidos de la zona de grupos y hasta uno de cuartos de final. Jugaron aquí México, Costa Rica, Uruguay y Colombia. Por eso, por ejemplo, los carteles y los mensajes que se dan por altoparlantes en el transporte público primero se anuncian en Ruso y luego en Español. En las otras ciudades, en cambio, la traducción – como es lógico – se da en inglés.

Para “saludar” a sus visitantes, la ciudad instaló en el centro del malecón una serie de “Matrioshkas” (esas que los argentinos insistimos en llamar “Mamushkas”, una palabra que en ruso no existe) con motivos de cada uno de los países cuyas selecciones disputaban al menos un partido en esta sede.

 

Los habitantes de Samara están preparados para el turismo foráneo: en los comercios, hoteles, farmacias y hasta los policías siempre hay al menos uno que “algo habla” de inglés y puede dar una mano con la traducción de algún pedido no entendido.

Pese a tratarse de una ciudad muy atractiva, sobre todo en verano por su playita al río, no parece albergar a muchos visitantes del exterior. Tal vez los secretos que ahora la ciudad quiere contar no hayan generado la curiosidad necesaria en los extranjeros.

 

Entre sus múltiples atracciones, que se encuentran todas en la parte vieja de la ciudad y a muy pocas cuadras de distancia entre sí, hay una que parece no tener la repercusión que acaso debería: la Casa-Museo de Lenin.

Se trata de un paseo corto, pero que bien vale la pena: es el departamento que alquiló la familia del dirigente soviético en esta ciudad durante 3 años (desde 1890 a 1893). Allí Lenin comenzó a darle forma a sus ideas comunistas. Es, ni más ni menos, que el comienzo de la historia del líder del proletariado mundial.

La entrada no es cara (unos 220 pesos con permiso para sacar fotos y un audioguía en español) y visitarla permite entender cómo empezó a mutar Lenin de persona común, estudiante, hijo de una familia de clase media, a personaje político de referencia mundial durante gran parte del siglo XX. De todos modos, no parece ser uno de los museos más visitados de la zona ni mucho menos: tal vez el hecho que la FIFA lo haya “olvidado” en los mapas que desplegó en toda esa zona (para indicar dónde están los sitios de interés y el Fan Fest) oculte en parte su visibilización.

El FIFA Fan Fest de Samara es particular: tiene un tamaño notablemente inferior al de Moscú, por ejemplo, y ni siquiera así consigue estar repleto en días de partidos importantes del mundial (de semifinales para adelante). La ausencia de extranjeros es más notoria en este espacio: los “Fan Zone” suelen ser un lugar de encuentro de nacionalidades. Pero también es probable que los propios rusos, tan participativos antes, ya estén cansados del Mundial. Y es entendible.

 

 

 

Por Facundo Insegna.