Un particular viaje a Ucrania

La mujer del control fronterizo de la región de Gomel, Bielorrusia, me mira durante 10 o 15 segundos. Después mira el pasaporte, un lapso semejante, me vuelve a mirar. Repite la operatoria varias veces. Muchas, realmente muchas. Un poco parece convencida, no sé bien de qué.

Ahora es el turno del pasaporte. Lo estudia, lo analiza, se detiene en cada página, incluso en las que están en blanco. Lo ingresa en un aparato muy similar a ese con luces ultravioletas que se utilizaba para detectar billetes falsos. Pasa rápido sus hojas y vuelve a detenerse. Y me vuelve a mirar. Ya no parece convencida, aunque tampoco sé bien de qué. La mujer mira al frente, a la otra ventanilla de control de los pasaportes, y niega con la cabeza.

Sale de su cubículo y va a la otra ventanilla. Me doy vuelta siguiéndola con la mirada – no me gusta que mi pasaporte ande paseando por ahí en manos extrañas, así sea en un control de aduanas -. Las mujeres que controlan los pasaportes de los que salen de Bielorrusia en ese paso fronterizo debaten entre ellas. No las puedo escuchar y si pudiera es probable que no entendiera gran cosa.

La de la otra ventanilla me mira. Mira el pasaporte. Me vuelve a mirar. La secuencia se extiende unos minutos. La gente en la fila – había más de 40, casi todos bielorrusos y ucranianos – se empieza a impacientar. Quieren pasar, aunque todos viajamos en el mismo colectivo. O sea: hasta que yo no termine el trámite, no nos vamos.

La primera mujer vuelve, hace – por enésima vez – el acting de estudiarme. En ningún momento me dirigió la palabra. De hecho, ni siquiera me saludó. Al fin, levanta los hombros y pone el bendito sello que marca mi salida de la travesía Rusia-Bielorrusia, después de 53 días.

 

Es un alivio, pero la secuencia no se termina así como así: a menos de dos kilómetros, en el ingreso a tierras ucranianas, el acto se repite. Solo que la agente es más simpática. Y más joven. No demoro tanto para ingresar a Ucrania, pero igual se consumen varios minutos en la espera.

¿Será que no están acostumbrados a los sudamericanos por esta zona? ¿Cuántos argentinos pasarán (por semana, por mes, por año) en colectivo de línea por la frontera de los dos países? Difícil saberlo, no hay mucha información al respecto.

De hecho, nadie sabe muy bien cómo se debe proceder con un ciudadano que no necesita visado ni para Rusia, ni para Ucrania, ni para Bielorrusia pero que no es europeo. Consultarlo casi nunca tiene una respuesta certera, concreta, contundente, aclaratoria.

Lo único que queda claro es que los argentinos tenemos 90 días para estar en Rusia y otros 90 para Bielorrusia, sin visado. Y que si entrás por un país, podés salir por el otro sin ningún trámite en el medio. Así, al menos, quedó sellado en mi pasaporte.

Con todo, el viaje a Kiev se hace rápido: en total son 11 horas pero en los pasos fronterizos la espera se extiende por dos horas. En Ucrania hace calor en esta época. Mucho y seco.

 

Ucrania es un país europeo, aunque sea una obviedad decirlo. No es solo por su ubicación geográfica: la gente es más europea que en Rusia y Bielorrusia, las calles de Kiev (la capital) reflejan eso, pese a que se nota que no es un país tan desarrollado económicamente.

Grafitis en los túneles de los subtes, no tanta limpieza como San Petersburgo o Minsk en las calles, más gente en situación de calle que en las ciudades de los otros dos países, no tanto olor a alcohol en sus habitantes, son algunas características que lo diferencian.

Es una ex república soviética que vive con diferencias (en algunos casos bélicas, en menos casos diplomáticas) con Rusia. Se nota, un poco, su ex pertenencia a la URSS en las calles. Claro que es mucho más evidente en memoriales y recordatorios de la Gran Guerra Patria, tan presentes también en este país.

 

Si hay una diferencia sustancial: la gente es más simpática e igual de amable que en Rusia. Si te ven dudoso te preguntan dónde vas, si necesitas una mano te la dan sin pensarlo mucho, pero además acompañan todo con una bella sonrisa. Los rusos y los bielorrusos son gentiles pero menos sonrientes. Les cuesta un poco más entrar en confianza.

También Kiev mezcla edificios de la época soviética aún vigentes con otros muy modernos. Tiene un aceitado servicio de transporte y una frenética actividad cotidiana, como toda ciudad grande.

 

Cuenta, además, con decenas de iglesias y catedrales que tienen particulares historias, algunas vinculadas con el período soviético. Es cuestión de ir descubriendo.

Además, es ventajosa: es más barato para el turista aquí que en cualquier ciudad de Rusia o Bielorrusia. Cuesta menos alojarse, comer, pasear, todo. Y es una bella ciudad. Sería injusto no aprovecharla.

 

 

Por Facundo Insegna.