Una mirada diferente sobre Rusia: una larga escalera hacia la historia

Dicen que la escalera mecánica de la estación Park Pobedy (Metro línea 3, azul oscuro) de Moscú mide casi 130 metros y tiene más de 700 escalones. Dicen que es la escalera mecánica más larga del mundo. Igual, tras subir esa escalera no se llega a la superficie, hay que subir dos más: una, que de tan corta queda en ridículo por la inmensidad de la primera, y otra, de las comunes, que te llevan hacia la ciudad.

Es difícil calcular cuánto mide una escalera mecánica o cuantos escalones tiene. Sí queda claro que es larguísima: desde abajo, donde te deja el subte, no se ve el final. Subirla o bajarla demanda varios segundos, cuando no minutos.

Salir a la superficie es encontrarse con el Парк Победы (“Parque de la Victoria”, de ahí el nombre de la estación), el máximo reconocimiento que hay en Moscú a los héroes y caídos en la Segunda Guerra Mundial.

Lo primero que se ve una vez en la superficie está afuera del parque y no está vinculado con los hechos de mediados del siglo pasado sino con un pasado mucho más lejano. Se trata de un arco de triunfo imponente con monumentos que representan un logro inigualable: la resistencia del Imperio Ruso a la invasión napoleónica en 1812. Esa victoria también cambió el curso de la historia reciente del mundo.

 

La Segunda Guerra Mundial – “Gran Guerra Patriótica” para los rusos – está muy arraigada en los sentimientos de los habitantes de este país: ninguna celebración patria cuenta con tantos participantes, directos o indirectos, como el 9 de Mayo, día de la Capitulación Nazi en 1945.

El reconocimiento a los caídos y los sobrevivientes de aquellos años se encuentra en cada rincón de la capital rusa. Es innumerable la cantidad de monumentos, llamas eternas, recordatorios y demás que están distribuidos tanto en la ciudad de Moscú como en el Óblast.

 

El parque es enorme. Tanto que recorrerlo todo, sin detenerse demasiado en los diferentes espacios, demanda un mínimo de dos horas, según los especialistas (es decir, los que venden tours turísticos). Cada monumento, escultura, ermita, iglesia y monolito distribuido en todo ese gigante Memorial recuerda a quienes frenaron el avance del nazismo.

Pese a encontrarse en Moscú y destacar la participación de los rusos en la guerra, la leyenda más repetida es “Juntos derrotamos al fascismo”. Rusia no se atribuye la victoria en soledad sino que la comparte con sus aliados occidentales. Un guía que comandaba un grupo de hispanoparlantes lo resumió así: “No es que Rusia dice ganamos nosotros con la ayuda de ustedes; sino que dice ¨Todos frenamos al nazismo¨”.

La iglesia de San Jorge Victorioso (patrono de Moscú), el obelisco de la diosa griega de la victoria – una particularidad: tiene 141,8 metros, 10 centímetros por cada día que duró la guerra en Rusia (desde 1941 a 1945) – tres memoriales (una mezquita, una sinagoga y una capilla), la llama eterna, el impactante monumento llamado “Tragedia de los Pueblos”, la escultura que representa a los soldados de distintos ejércitos unidos en pos de un objetivo común son algunas de las “atracciones” que presenta el parque.

Por supuesto que nada se compara con el descomunal museo que alberga. La ambientación, la recreación de la historia, el lugar en general son un lujo para recorrer y conocer desde otro punto de vista lo que sucedió entre 1939 y 1945 en el mundo.

El museo central tiene 4 pisos, pero en realidad son dos los más vinculados con los hechos en sí: en los otros dos hay espacios más bien dirigidos a obras de arte.
Además de maquetas y exposición de vestimentas y armamentos utilizados en los combates, hay dioramas que recrean las principales batallas (Moscú, Stalingrado, Kursk – la primera victoria en verano del ejército ruso sobre Alemania – y el asalto a Berlín). El efecto es impresionante: es como ver una postal de la guerra en el lugar dónde se desarrollaban las acciones. También hay un holograma que, en pocos segundos, rememora las negociaciones de los aliados, encabezados por Stalin (secretario general del Partido Comunista Soviético y, por ende, presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, desde antes y hasta mucho después del final de la contienda).

 

Una escultura al final del pasillo “del Recuerdo” deja también en claro las consecuencias de la guerra: se trata de una mujer llorando sobre un soldado caído. La placa explica que la mujer representa a una madre, una hermana, una esposa, una hija despidiendo a su hijo, hermano, esposo, padre que cayó en combate. Otro sector detalla que fueron alrededor de 27 millones las víctimas rusas entre 1941 y 1945.

Diferentes placas repartidas por todo el museo tienen, además de datos concretos sobre la guerra, algunos detalles particulares: destacan el plan estratégico de Stalin para derrotar al enemigo, pero también le marcan que tuvo “errores políticos y sociales” durante su mandato.

La recreación de los escenarios de batallas no se detiene allí: muestras sobre los cuantiosos daños a las viviendas de los vecinos “comunes” que quedaron en medio del tiroteo y hasta el tronco de un árbol con una pieza de un lanzacohetes incrustado forman parte de la muestra.

A pocos metros, una escalera que tiene en su punto más alto la “espada de la victoria” lleva el recorrido hacia la “Sala de la Gloria”, cuyas paredes están cubiertas con los nombres de todos los héroes rusos, declarados por la URSS o por la Federación Rusa tras la disolución de la Unión Soviética. Allí, una proyección recorre las acciones militares que se desplegaron.

Por todo el museo hay pantallas (algunas grandes como las de un micro cine, otras más chicas como las de un televisor) que proyectan cortos videos documentales de episodios puntuales. Todos, claro, narrados en idioma ruso. Es lo único más complejo de seguir: la mayoría de las placas y escritos tienen su traducción al inglés.

Fuera de ese museo y a varios metros de distancia se encuentra otro sector, dedicado a los vehículos y armamento pesado. Jeeps, aviones, tanques, motos, hasta formaciones de ferrocarril son parte de la muestra que, como seña particular, permite recorrer una trinchera.

El conjunto del parque es impactante. El sufrimiento, el dolor, el alivio cuando terminó, la celebración de la victoria, el reconocimiento a los héroes y caídos. Una conjunción de factores reunidos en un espacio físico que dejan en claro el sentimiento que despierta la “Gran Guerra Patriótica” en el pueblo ruso.

 

Después, también está presente el “negocio del turismo”, normal si se tiene en cuenta que es uno de los puntos que – después del Kremlin y la Plaza Roja – mayor cantidad de visitantes atrae. Sobre uno de los costados hay un parque de diversiones con motivos de la guerra y puesto de venta de comidas y bebidas en cada rincón.

Y hay espacios destinados a hacer deporte. Todo el parque en sí es utilizado con este motivo: en incesante el tránsito de corredores, skates, ciclistas y atletas varios por toda su extensión.

La última parte de la época mundialista que vive Rusia, cuando ya no hay tantos partidos y varias selecciones quedaron afuera, convirtió al Park Pobedy en uno de los epicentros de las visitas de hinchas de todo el mundo que todavía pasean por estas tierras.

La recorrida por el parque termina donde empieza, en esa eterna escalera del metro.

 

 

Por Facundo Insegna.

Una mirada diferente sobre Rusia: una larga escalera hacia la historia

Dicen que la escalera mecánica de la estación Park Pobedy (Metro línea 3, azul oscuro) de Moscú mide casi 130 metros y tiene más de 700 escalones. Dicen que es la escalera mecánica más larga del mundo. Igual, tras subir esa escalera no se llega a la superficie, hay que subir dos más: una, que de tan corta queda en ridículo por la inmensidad de la primera, y otra, de las comunes, que te llevan hacia la ciudad.

Es difícil calcular cuánto mide una escalera mecánica o cuantos escalones tiene. Sí queda claro que es larguísima: desde abajo, donde te deja el subte, no se ve el final. Subirla o bajarla demanda varios segundos, cuando no minutos.

Salir a la superficie es encontrarse con el Парк Победы (“Parque de la Victoria”, de ahí el nombre de la estación), el máximo reconocimiento que hay en Moscú a los héroes y caídos en la Segunda Guerra Mundial.

Lo primero que se ve una vez en la superficie está afuera del parque y no está vinculado con los hechos de mediados del siglo pasado sino con un pasado mucho más lejano. Se trata de un arco de triunfo imponente con monumentos que representan un logro inigualable: la resistencia del Imperio Ruso a la invasión napoleónica en 1812. Esa victoria también cambió el curso de la historia reciente del mundo.

 

La Segunda Guerra Mundial – “Gran Guerra Patriótica” para los rusos – está muy arraigada en los sentimientos de los habitantes de este país: ninguna celebración patria cuenta con tantos participantes, directos o indirectos, como el 9 de Mayo, día de la Capitulación Nazi en 1945.

El reconocimiento a los caídos y los sobrevivientes de aquellos años se encuentra en cada rincón de la capital rusa. Es innumerable la cantidad de monumentos, llamas eternas, recordatorios y demás que están distribuidos tanto en la ciudad de Moscú como en el Óblast.

 

El parque es enorme. Tanto que recorrerlo todo, sin detenerse demasiado en los diferentes espacios, demanda un mínimo de dos horas, según los especialistas (es decir, los que venden tours turísticos). Cada monumento, escultura, ermita, iglesia y monolito distribuido en todo ese gigante Memorial recuerda a quienes frenaron el avance del nazismo.

Pese a encontrarse en Moscú y destacar la participación de los rusos en la guerra, la leyenda más repetida es “Juntos derrotamos al fascismo”. Rusia no se atribuye la victoria en soledad sino que la comparte con sus aliados occidentales. Un guía que comandaba un grupo de hispanoparlantes lo resumió así: “No es que Rusia dice ganamos nosotros con la ayuda de ustedes; sino que dice ¨Todos frenamos al nazismo¨”.

La iglesia de San Jorge Victorioso (patrono de Moscú), el obelisco de la diosa griega de la victoria – una particularidad: tiene 141,8 metros, 10 centímetros por cada día que duró la guerra en Rusia (desde 1941 a 1945) – tres memoriales (una mezquita, una sinagoga y una capilla), la llama eterna, el impactante monumento llamado “Tragedia de los Pueblos”, la escultura que representa a los soldados de distintos ejércitos unidos en pos de un objetivo común son algunas de las “atracciones” que presenta el parque.

Por supuesto que nada se compara con el descomunal museo que alberga. La ambientación, la recreación de la historia, el lugar en general son un lujo para recorrer y conocer desde otro punto de vista lo que sucedió entre 1939 y 1945 en el mundo.

El museo central tiene 4 pisos, pero en realidad son dos los más vinculados con los hechos en sí: en los otros dos hay espacios más bien dirigidos a obras de arte.
Además de maquetas y exposición de vestimentas y armamentos utilizados en los combates, hay dioramas que recrean las principales batallas (Moscú, Stalingrado, Kursk – la primera victoria en verano del ejército ruso sobre Alemania – y el asalto a Berlín). El efecto es impresionante: es como ver una postal de la guerra en el lugar dónde se desarrollaban las acciones. También hay un holograma que, en pocos segundos, rememora las negociaciones de los aliados, encabezados por Stalin (secretario general del Partido Comunista Soviético y, por ende, presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, desde antes y hasta mucho después del final de la contienda).

 

Una escultura al final del pasillo “del Recuerdo” deja también en claro las consecuencias de la guerra: se trata de una mujer llorando sobre un soldado caído. La placa explica que la mujer representa a una madre, una hermana, una esposa, una hija despidiendo a su hijo, hermano, esposo, padre que cayó en combate. Otro sector detalla que fueron alrededor de 27 millones las víctimas rusas entre 1941 y 1945.

Diferentes placas repartidas por todo el museo tienen, además de datos concretos sobre la guerra, algunos detalles particulares: destacan el plan estratégico de Stalin para derrotar al enemigo, pero también le marcan que tuvo “errores políticos y sociales” durante su mandato.

La recreación de los escenarios de batallas no se detiene allí: muestras sobre los cuantiosos daños a las viviendas de los vecinos “comunes” que quedaron en medio del tiroteo y hasta el tronco de un árbol con una pieza de un lanzacohetes incrustado forman parte de la muestra.

A pocos metros, una escalera que tiene en su punto más alto la “espada de la victoria” lleva el recorrido hacia la “Sala de la Gloria”, cuyas paredes están cubiertas con los nombres de todos los héroes rusos, declarados por la URSS o por la Federación Rusa tras la disolución de la Unión Soviética. Allí, una proyección recorre las acciones militares que se desplegaron.

Por todo el museo hay pantallas (algunas grandes como las de un micro cine, otras más chicas como las de un televisor) que proyectan cortos videos documentales de episodios puntuales. Todos, claro, narrados en idioma ruso. Es lo único más complejo de seguir: la mayoría de las placas y escritos tienen su traducción al inglés.

Fuera de ese museo y a varios metros de distancia se encuentra otro sector, dedicado a los vehículos y armamento pesado. Jeeps, aviones, tanques, motos, hasta formaciones de ferrocarril son parte de la muestra que, como seña particular, permite recorrer una trinchera.

El conjunto del parque es impactante. El sufrimiento, el dolor, el alivio cuando terminó, la celebración de la victoria, el reconocimiento a los héroes y caídos. Una conjunción de factores reunidos en un espacio físico que dejan en claro el sentimiento que despierta la “Gran Guerra Patriótica” en el pueblo ruso.

 

Después, también está presente el “negocio del turismo”, normal si se tiene en cuenta que es uno de los puntos que – después del Kremlin y la Plaza Roja – mayor cantidad de visitantes atrae. Sobre uno de los costados hay un parque de diversiones con motivos de la guerra y puesto de venta de comidas y bebidas en cada rincón.

Y hay espacios destinados a hacer deporte. Todo el parque en sí es utilizado con este motivo: en incesante el tránsito de corredores, skates, ciclistas y atletas varios por toda su extensión.

La última parte de la época mundialista que vive Rusia, cuando ya no hay tantos partidos y varias selecciones quedaron afuera, convirtió al Park Pobedy en uno de los epicentros de las visitas de hinchas de todo el mundo que todavía pasean por estas tierras.

La recorrida por el parque termina donde empieza, en esa eterna escalera del metro.

 

 

Por Facundo Insegna.